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Por Lluís Serra Llansana .
En Gerasa

¿Quién ha escrito esta frase?: «Hoy se ha impuesto la concepción de que el peatón no solo ha de adaptarse al tráfico; también se lo hace responsable de las infracciones cometidas contra la disciplina del tráfico». La inmensa mayoría diría que una afirmación similar puede escucharse, día sí y día también, en las grandes ciudades. El autor, en este caso, es Ernst Jünger, gran pensador y escritor alemán, que aparece en su libro Sobre el dolor, publicado en 1934. Como él mismo reconoce, antes se culpaba a las máquinas. Después, en cambio, los muertos parecían un tributo obvio a la existencia de las mismas. Hoy, muchos peatones se encuentran desorientados e indefensos entre el aluvión de bicicletas, patinetes, coches, buses… y pronto por el incremento de tranvías. Salir a la calle, especialmente para la gente mayor, es entrar en un campo de minas. Se repite la historia. Joan Bosch, en su obra Codi Gaudí, escribe que este gran arquitecto daba total prioridad al peatón por encima de los artefactos técnicos de movilidad. Antes de morir a causa de ser embestido por un tranvía, entendía que este medio de transporte debía ceder paso al peatón y no al revés, como así se evidenció en una ocasión de gran riesgo si el conductor no hubiera frenado a tiempo. Jünger añadía: «Un año sí y otro también caen las víctimas de tráfico; han alcanzado unas cifras que superan las bajas de una guerra sangrienta». Basta circular por las carreteras principales para leer en las pantallas lumínicas que el pasado fin de semana se produjeron tantos muertos.

Un tema de fondo es que nos enfrentamos a estas víctimas con un gran sentimiento de obviedad. El proceso técnico las hace parecer necesarias e inevitables. En el tiempo que existían los duelos, que un joven muriera por este motivo era un incidente habitual. Hoy nos parecería extraño. En cambio, hoy las muertes por accidente de tráfico o causas similares llaman poco la atención. Incluso los que mueren por covid, que la OMS eleva a 15 millones, más del doble que los datos oficiales. Las estadísticas engullen la dimensión humana en la frialdad de sus números. Da que pensar.

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