Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

Domingo III de Adviento (C)

Homília del P. Bernabé Dalmau, monje de Montserrat

16 de diciembre de 2018 (So 3,14-18a / Fl 4,4-7 / Lc 3,10-18)

 

Queridos hermanos y hermanas:

Los textos litúrgicos de este III domingo de Adviento nos estrechan útilmente para que aceptemos la alegría que proviene de Dios. Acogerla es un gran reto para todos. Desde la antífona de entrada, pasando por la profecía de Sofonías, hasta la carta de san Pablo, no deja de oírse intensamente  hoy en la Iglesia “Alegraos siempre en Señor”.

Invitarnos a la alegría es fomentar en nosotros la esperanza, tema que tradicionalmente caracteriza este tiempo de preparación al Nacimiento del Señor. Por eso le hemos pedido “llegar a la alegría de tan gran acontecimiento de salvación y celebrarlo siempre con solemnidad y júbilo desbordante”.

Pero, claro, la esperanza que procede de la fe no siempre coincide con las situaciones humanas, a menudo vertidas a la desesperación. Lo que puede provocar que la dureza del día a día nos apague la llama de la fe alegre que debe sostener cualquier esperanza.

Resulta oportuna la palabra del salmo que el monje canta el día de su profesión: “No me defraudes en mi esperanza” (Sl 118,116). Decía recientemente el papa Francisco en una entrevista: “La esperanza es como las brasas bajo las cenizas, ayudémonos con solidaridad soplando sobre las cenizas, la esperanza, que no es un simple optimismo, nos lleva hacia adelante, la esperanza que tenemos de apoyarlo todo, es nuestra, es todo, por lo que a menudo digo a los jóvenes: No se permitan robar la esperanza” (Entrevista en Il Sole 24 Ore, 7.09.18).

Debemos ayudarnos los unos a los otros a avanzar para no dejar que las contradicciones de la vida nos roben la esperanza. ¿Triunfamos todos los días en materia de esperanza? ¿Notamos que fracasamos? Juan Bautista daba recetas muy elementales de realismo en medio de los contratiempos. Recetas para convertir la honradez humana en plataforma para mantener la esperanza aquí y con miras al Reino de Dios. A los que ahora llamaríamos “inspectores de hacienda” les decía: “No exijáis más de lo establecido”. A los que tenían la función de velar por el orden público: “No hagáis extorsión ni os aprovechéis de nadie”. Y a todos: compartir lo que cada cual tiene. En una palabra: poner en práctica el resumen de la carta a Tito que també es uno de nuestros cantos de Adviento: “Vivamos en la vida presente con sobriedad, justicia y piedad mientras aguardamos la feliz esperanza y la venida del Señor” (cf. 2,12-13). La feliz esperanza es la que sostiene nuestras esperanzas humanas. Permite regenerar continuamente las esperanzas más débiles.

Para terminar, ilustro dicha afirmación con un ejemplo actual, a la luz de la compasión que, tal como constata la Regla benedictina, la naturaleza humana nos hace sentir hacia los ancianos y los niños (cap. 37). Hay un abuelo –sí, un abuelo, como muchos de vosotros que amáis tanto a los hijos de vuestros hijos–, que intenta transmitir a sus nietos Lluc y Joana los valores humanos y cristianos que su padre no puede comunicar como quisiera, porque, a causa del compromiso social y político que la Iglesia pide a los laicos, pasará por segunda vez la Navidad en prisión. Pues bien, el abuelo afirma: “Fracaso todos los días en la esperanza”. Es una forma de decir que no la pierde sino que la regenera diariamente al levantarse (cf. Artur JunquerasEntrevista a RAC-1, 2.11.18). Nosotros quizá no lo tenemos tan difícil regenerar la esperanza, quién sabe si porque vivimos cómodamente abstraídos del mensaje de este domingo de Adviento.

Como terapia de conversión, pues, hagamos nuestras –tanto los aquí presentes como todos los que nos seguís de lejos– las palabras de Isaías que cantaremos durante la comunión: “Decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. He aquí nuestro Dios que viene y nos salvará” (cf. Is 35,4). Que así sea.