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A principios de marzo, cuando prácticamente nadie se lo esperaba, el país se despertó inmerso en una alarmante polémica. Todos los medios se vieron obligados a hacerse eco de ella. Las circunstancias lo requerían, y casi todo el mundo creyó que podía opinar: algunos, en contra de no sabían qué; otros, en contra de las opiniones publicadas. Parecía que todos estábamos implicados en el conflicto creado.

El Boletín Oficial del Estado había publicado los currículos de una asignatura del sistema educativo que reunía unas características especiales: la Religión Católica. Muchos de los que opinaban en contra de esos currículos eran los que habían prescindido de la religión, por lo que la publicación de los currículos no les afectaba. Otros, sin haber leído los documentos íntegros, criticaron duramente algunas frases concretas; según ellos, decían lo que no debían decir e invitaban a todas las escuelas a hacer cosas que no debían hacer; otros, como suele pasar en estos casos, mostraron que ignoraban el carácter de los currículos de Religión: no sabían quién los había redactado ni su finalidad. Según algunos, la culpa de todo la tenía el ministro Wert, mientras otros acusaban a la Iglesia de no saber que nuestra sociedad ya ha traspasado el umbral del siglo XXI y que las escuelas no deben tener nada que ver con las religiones.

Pocos días después de estallar la polémica, algunos medios comenzaron a publicar artículos de opinión con una evidente finalidad: situar la cuestión de los currículos de Religión en el lugar que les corresponde y mostrar sus características esenciales: son lo que son y dicen lo que dicen porque responden a un derecho fundamental de los padres: decidir la formación religiosa que sus hijos deben recibir en las escuelas; y han de ejercer este derecho con plena libertad. Sin embargo, esto que parece tan sencillo e indiscutible, en realidad es una cuestión muy compleja que despierta sentimientos y desvela prejuicios que dificultan la adopción de una serena actitud crítica e impiden hacerla objeto de un diálogo mínimamente constructivo.

En las circunstancias actuales, el solo hecho de plantear la cuestión de la presencia de cualquier religión en las escuelas ya provoca reacciones a menudo viscerales, poco razonadas y de difícil justificación. Si se trata de la Religión católica, aún más.

Si añadimos que, en las escuelas, la palabra currículo se ha convertido en una palabra mágica que precisa muchas páginas para describir su significado y sus implicaciones, nos daremos cuenta de que debemos ser muy respetuosos si la utilizamos en nuestras conversaciones. ¿Sabemos todos de qué hablamos cuando nos referimos a algunos «estándares de aprendizaje evaluables» del currículo de Religión? Esta es la cuestión.

(Artículo publicado en CatalunyaCristiana, Núm. 1857, 26 de abril de 2015).