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El comienzo de un nuevo curso escolar nos invita a hacer una breve reflexión sobre la situación en que nos encontramos y hacia dónde vamos, desde la perspectiva del sistema educativo y de nuestras escuelas.
 
Sí, ya sé que el solo hecho de plantear esta cuestión despierta prevenciones y recelos en algunos ambientes. Por tanto, empiezo diciendo que no pretendo provocar ningún tipo de debate, Me limitaré a exponer una preocupación que quizá suscitará una breve reflexión, sin pretender dar lecciones a nadie ni convencer a los que piensen de otro modo.
 
Observo la realidad de nuestras escuelas y me doy cuenta de que abundan más las dudas que las certezas, y que, a menudo, quienes ejercen cargos de dirección saben que su escuela debe renovarse, pero no están seguros de haber descubierto en qué dirección tienen que avanzar. En síntesis, me da la impresión de que, en algunas escuelas, la desorientación convive pacíficamente con la tarea educativa, provocando una actitud conservadora e inmovilista impropia de nuestro tiempo: «La vida exige renovación, e intuyo que mi escuela debería cambiar criterios y métodos; sin embargo, no sé qué camino tengo que emprender, porque en realidad no sé hacia dónde debo dirigirme; por tanto, he optado por no moverme. No quiero equivocarme; los demás tampoco se mueven; ¿por qué he de ser yo el que debe cambiar?». 
 
Sé muy bien que he hecho una caricatura de la situación en que se encuentran algunas escuelas. ¡No todas, claro! Pero creo que el problema es más común de lo que imaginamos. He dicho ‘problema’ porque lo considero un problema grave. Cuando este problema es real en una escuela concreta, es fácil observar los efectos de la ‘resistencia al cambio’: «No me hables de reformas, ya estoy harto». 
 
Continúo con las impresiones. Al parecer, hay escuelas que, en una carretera sinuosa y entrada la noche, han apagado las luces: prefieren no moverse. Es una decisión claramente impropia de nuestro tiempo. Pero sus directivos tienen un argumento que justifica la adopción de esta actitud: «Si los que tienen las máximas responsabilidades en el ámbito escolar no están de acuerdo sobre lo que debemos hacer, es preferible esperar que se pongan de acuerdo». ¡Pobre país! 
 
Pero no todo es paja. También hay grano. Observo escuelas con directivos inquietos e ilusionados, profesores comprometidos y en proceso de formación continua, familias con afán de colaborar, y alumnos, muchachos y muchachas, que disfrutan haciendo lo que hacen, con actitudes creativas y ganas de progresar. Los directivos de estas escuelas ya han aprendido la lección. No esperan que nadie les diga qué tienen que hacer. Saben que tienen autonomía para decidir hacia dónde deben ir y cómo hacerlo, y son suficientemente responsables como para no esperar que nadie tome las decisiones que ellos ya saben adoptar, con espíritu innovador. También hay escuelas de esta clase. ¡Qué suerte!