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Esta semana los medios de comunicación más prestigiosos han fijado la mirada en lo que está sucediendo en Doha, y nos han explicado cómo los expertos en educación de todo el mundo se imaginan que serán las escuelas en el año 2030. El encuentro que se realizará los días 4, 5 y 6 de noviembre será muy importante, y nos dará pistas para descubrir los desafíos que todas las escuelas deberán afrontar a lo largo de los próximos años.
 
Los estudios realizados por World Innovation Summit for Education (WISE) han llegado a conclusiones sumamente interesantes. Pero son conclusiones que no sorprenderán a los profesionales de la educación inquietos y lúcidos que desde hace tiempo pronostican que el futuro de las escuelas será muy distinto del presente que todos conocemos y vivimos. Hoy algunas escuelas ya están realizando lo que muy pronto será necesario en todas. Pero comporta un desafío que requiere mucha lucidez y, sobre todo, una sólida formación en los directivos de las escuelas y en todos los profesores. 
 
Debemos reconocer que el tipo de profesor que se limita a enseñar lo que los alumnos deben aprender no tiene futuro; ya hoy, lo que los adolescentes y jóvenes necesitan son guías que les acompañen en el descubrimiento personal de los conocimientos más adecuados para adquirir las competencias que necesitan en cada momento, un camino que deberán seguir a lo largo de toda su vida. Para ello, se requerirán profesores dedicados a la guía y el acompañamiento de sus alumnos, y no tanto a la docencia.
 
También parece evidente que la organización de las aulas no tendrá nada que ver con las ‘baterías de pupitres’ ocupados por alumnos dedicados a realizar las mismas tareas con los mismos recursos pedagógicos, y con unos profesores que han programado al detalle todo lo que los chicos y chicas deben aprender, porque va a ser precisamente esto lo que va a ser objeto de evaluación. En las aulas renovadas, las metodologías más activas facilitarán procesos de aprendizaje diversificados, según las necesidades y los intereses de los alumnos (flipped classroom), y no requerirán unos horarios rígidos ni la presencia simultánea de todos los alumnos en la escuela; con la conexión online, se podrán quedar en casa y realizar allí las tareas previamente programadas.  
 
En efecto, hoy los adolescentes ya no recurren a los libros para descubrir y aprender lo que quieren saber; se han familiarizado (e identificado) con unos recursos tecnológicos que les permiten acceder a conocimientos más actualizados y diversos que los que sus profesores suelen exponer en el aula. Con una buena acción tutorial y el acceso a Internet, los alumnos utilizarán los medios que despierten más su interés, y podrán compartirlos con sus compañeros. 
 
Además, ya nadie discute que, en el mundo globalizado y multicultural, los conocimientos que es necesario aprender, las relaciones interpersonales y la incorporación al mundo laboral requieren que el inglés sea una de las lenguas habituales (vehiculares) en todas las escuelas. 
 
Todas estas previsiones son muy razonables y forman parte de las conclusiones que serán propuestas en el encuentro de Doha. Sin embargo, al parecer los directivos de algunas escuelas todavía no se han dado cuenta de la urgencia de innovar y diseñar unos planes estratégicos que aseguren una rápida y profunda transformación adaptada a la realidad del propio centro. Quizá necesitarán ayuda y formación actualizada. Si no respondiesen a esta urgencia, ¿qué futuro podrían preparar?