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Domingo primero de Adviento. Es el último día de la visita del papa Francisco a Turquía, donde ha tenido la oportunidad de encontrarse con jóvenes refugiados. Lo ha hecho en Estambul, poco antes de emprender el viaje de regreso a Roma. 

Era normal que el Papa hiciera los posibles para expresar sus sentimientos hacia las personas que padecen más profundamente las consecuencias de los conflictos políticos y religiosos de aquella zona, y en particular hacia los niños, adolescentes y jóvenes. También ha sido normal que el Papa fuera a encontrarse con ellos allí donde era más fácil encontrarles, es decir, allí donde ahora son acogidos y atendidos. 

Según la información que he leído en La Vanguardia, el papa Francisco se ha reunido con un centenar de jóvenes cristianos y musulmanes procedentes de Iraq, Siria y algunos países africanos, en una de las casas salesianas de Estambul que atienden a más de 600 adolescentes y jóvenes que se ha visto obligados a refugiarse en ellas. El director de esta casa salesiana es el español Andrés Calleja, que ha tenido la oportunidad de agradecer al Santo Padre su visita. 

El Papa ha aprovechado la ocasión para hacer una llamada a los líderes políticos para que tengan en cuenta que «aquellos pueblos aspiran a la paz, aunque a veces no tengan ni fuerza ni voz para reclamarla». También ha dicho: «Hago un llamamiento para una mayor convergencia internacional para resolver conflictos que ensangrientan sus tierras de origen, y también para contrarrestar las otras causas que obligan a las personas a abandonar su patria». 

Nos satisface observar que la Familia Salesiana se dispone a celebrar el bicentenario del nacimiento de Don Bosco (1815-2015) haciendo realidad lo que su fundador haría hoy: acoger, alimentar y educar a los jóvenes más pobres y abandonados, cristianos y musulmanes. Todos son hijos de Dios.