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Mensaje de advertencia

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Siempre que celebramos una Eucaristía de fiesta en la cárcel sentimos y vivimos algo especial, porque si toda Eucaristía es siempre un motivo de alegría y de encuentro entre todos los presos y voluntarios, sin duda que la Eucaristía de fiesta cobra un sentido mayor de profundidad. Como cada año, también nos reunimos el pasado 24 de diciembre para celebrar la “misa del gallo” especial en la cárcel, porque a diferencia del resto de las parroquias, en nuestra parroquia de Navalcarnero fue a las once de la mañana.

Y quizás esto sea todo un signo: Los primeros que se enteran de que ha nacido el Hijo de Dios, Jesús de Nazaret, son los pastores, un grupo marginal en aquellos momentos y tachado de maleante; los primeros que se enteran y celebran la conmemoración de aquel nacimiento son también los presos, los maleantes, los delincuentes, los que nuestra sociedad tacha casi a veces como desecho humano y como de personas que no son capaces de cambiar.

A esos presos, al margen del camino como el ciego de nacimiento, Dios les anuncia la buena noticia de que ha nacido para ellos, de que ha nacido en su vida, de que ha nacido en su cárcel y por tanto en su sufrimiento y en su dolor.

Y lo mismo sucederá cuando celebremos como todos los años la resurrección, la pascua, porque también nuestra vigilia pascual en la cárcel es a las once de la mañana. Los presos, los “malos” son los elegidos una vez más por el Dios de pesebre y el de la cruz para hacerse presente en sus vidas, desde la ternura del niño y desde el dolor del crucificado que a la vez se hace vivo y presente en cada una de sus vidas.

No podían estar con nosotros

Este día pueden participar en la misa todos los chavales que estén en lista pero en una única celebración que nos reúne en el salón de actos y hay que decir que este año estaba prácticamente lleno. Acuden también otras personas de fuera, que ese día quieren acompañarnos y participar también con nosotros en la celebración. Después de los saludos como siempre de modo personal a cada uno, según iban entrando, y con un coro mucho más nutrido que en otras ocasiones, comenzamos la celebración.

Y al comenzar la Eucaristía, en un momento fuerte de silencio, con los ojos cerrados, pensamos en nuestras familias que no podían estar con nosotros y les dije que los sentaran a su lado, que pensaran en sus seres más queridos con los que les gustaría compartir ese momento y los tuvieran ; fue un momento de silencio y de especial emotividad; y al terminar les dije que ahora éramos más , que ya casi no cabíamos en el salón porque habíamos puesto en el corazón, donde se pone todo lo importante, a las personas que siempre llevábamos dentro y que en este momento queríamos de modo especial recordar.

Dios necesita de todos nosotros

La idea que queríamos transmitir es que Dios nos quiere a todos porque todos somos iguales para El, somos sus hijos, y en la Navidad el gran anuncio es no solo que nos quiere sino que también quiere que nos queramos unos a otros y así podamos hacernos todos felices. Quien no conoce el ambiente de la cárcel puede pensar que este discurso es quizás baldío en la prisión, pero los que tenemos la suerte de visitarla a diario comprobamos no sólo que llega sino que además con las dificultades de cada día allí se hace especialmente presente. Sentimos una vez más en la celebración la fuerza y la debilidad de Dios en Jesús hecho niño “y acostado en un pesebre”.

Hicimos participes a los chavales de que Dios cuenta con todos nosotros y que sin nosotros no puede hacer nada. Que igual que un niño recién nacido necesita de los demás “así Dios necesita de todos nosotros” y nos necesita para hacer un mundo más feliz y un mundo más humano para todos. También allí en la cárcel donde todos podemos contribuir a hacer esto presente.

Conté algo que puede parecer baladí pero que a mí una vez más me conmocionó. Hace unos días, un chaval chino que lleva allí ya tres años y que participa todos los años en la fiesta de reyes que organizamos desde la capellanía, casi me persiguió por toda la cárcel. ¿el motivo? Pues que en su módulo había tres muchachos chinos, que no sabían nada de español, que no tenían a nadie y que necesitaban ropa, pero que como no sabían español necesitaban que él me tradujera lo que necesitaban. Así lo hicimos. A la hora de comer y puesto que él trabaja en el office, fui al módulo, los llamaron y me hizo de traductor. Al terminar de apuntar todo, yo le di las gracias por haberme mostrado la necesitad de los chicos, y él paso al office y me trajo una Coca-cola, y con una sonrisa me dijo: “gracias a usted, porque si no se habrían quedado sin nada”. Confieso que una vez más al verlo me quedé sin saber qué decir, porque de nuevo se me daban lecciones, desde lo pequeño, desde alguien que estaba preso me estaba diciendo cómo ayudar a alguien y encima me daba las gracias por haberlo hecho. Bueno esa necesidad es la que en la cárcel cada día contemplamos, desde el hacer de cada día, y desde lo insignificante. El niño recién nacido desde ahí cuenta con nosotros.

Les dije que en estos días se está hablando mucho de los presos y desde luego no de buenas maneras, y no falta razón, pero cada vez que yo escucho hablar de ellos no puedo por menos que poner rostros a esos “presos” impersonales, que para mí tienen una cara concreta, unas lágrimas y sonrisas concretas y una familia que también sufre con ellos día a día. Y eso no quita ni importancia al delito ni por supuesto apoyo incondicional a las víctimas, pero me hace ver una dimensión nueva y evangélica de esa realidad genérica que denominamos como “los presos”.

La “Tierra Santa” de Navalcanero

Esa realidad del mundo de la prisión es la que nos evangeliza cada día y nos hace descubrir la experiencia especial de que Dios también está preso en cada una de sus vidas, de sus ataduras, y de que Dios especialmente se queda con ellos, en su chabolo, en sus lágrimas, en su sufrimiento, en sus ganas de cambiar. Y esto solo se entiende desde ir cada día y pisar suelo sagrado, la “Tierra Santa” que llamo yo, de Navalcanero.

En el momento de la oración de petición no pudieron por menos todos de tener presentes a sus familias, y claro que a más de uno se le saltaron las lágrimas, sobre todo cuando pensaban en sus hijos… En el momento de la paz todo un encuentro especial entre todos, que en esta ocasión por ser más tanto de voluntarios como de chavales duró más, pero no teníamos prisa porque en cada abrazo también sentíamos que nos abrazaba el niño indefenso de Belén.

Para la comunión, desde la cocina nos habían preparado una hogaza de pan, que partimos y juntos compartimos; fue una comida en común donde todos estábamos invitados, especialmente los más pecadores y los más necesitados de salvación. Porque estamos convencidos que comulgar no es un premio, que comulgar no es para los buenos, sino que es para todos, que Jesús no es un Dios exclusivo como algunos pretenden decir, sino que es un Dios “inclusivo” y que si algunos se merecen especialmente participar de ese banquete común son los que se sientan más pecadores y más necesitados de salvación.

Y eso no lo digo yo, lo dice el Evangelio en múltiples relatos, porque necesita “de médico el enfermo y no el sano”, porque “el Hijo del hombre ha venido a salvar lo que estaba perdido” y porque “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Y desde luego que esto no es minusvalorar el sacramento, ni “regalarlo” como desde posturas anti-evangélicas (a veces pronunciadas por desgracia por ministros de la Iglesia) se pretende decir, esto es a mí entender leer el evangelio en la única clave posible: el la clave de la misericordia y del perdón que Dios da a todos, y del cual yo no soy dueño, aunque sea cura, obispo o papa. Ese perdón, y esa misericordia una vez más la volvimos a constatar todos cuando nos fuimos acercando a coger nuestro trozo de pan y a comulgar con Jesús, queriéndonos comprometer con ese mundo nuevo, con esa construcción del Reino, que tan a menudo nos cuesta hacer a todos.

Adorar al Niño

Y para terminar como es tradicional en todas las comunidades en este día, adoramos al Niño; les hable de las palabras del papa Francisco que nos recuerda que cuando adoremos al niño no adoremos un trozo de escayola ni una simple imagen sino que adoremos en él a tantos niños necesitados de nuestro mundo, indefensos y débiles.

Y era estremecedor ver cómo cada un besaba al niño de diferentes maneras; hombres de toda raza, nacionalidad, con todo tipo de vida y de mochila a las espaldas besando a la figura del Niño que nos representa a Jesús. Y en ese beso, en cada beso de los que allí estábamos el compromiso de cambio y el beso también de Dios, un beso especial, porque de nuevo el débil preso se acerca al débil niño y desde esa debilidad los dos son capaces de encontrarse. En ese beso se entiende aquello de que todos nos necesitamos y sobre todo aquello de que los débiles se entienden mejor, y que solo desde reconocer esa debilidad y esa necesidad podemos descubrir el auténtico rostro de Dios. En ese beso no había prepotencia, no había distinciones, todos éramos iguales y todos nos sentíamos abrazados y queridos por el mismo Dios desde nuestra particular condición de vida.

Y este año algo especial. Nos permitieron que pudiéramos pasar unos refrescos para tomarlos después de la misa, y desde la cocina nos habían preparado unos bollos para compartirlos juntos. Fue también un momento de encuentro y de fiesta similar a los que iban a tener después en muchas casas, un momento para hacer presentes a nuestro lado a tantas personas que no estaban físicamente pero que las teníamos sentadas a nuestro lado, en nuestro corazón.

Un año más celebramos así nuestra Nochebuena, y “Enmanuel”, “Dios con nosotros” se quedó a nuestro lado, se quedó preso con nosotros y seguro que cuando esa noche sonaron de nuevo los cerrojos horribles con nosotros dentro, de cada uno de los chabolos, sentimos que no estábamos solos, que el “Niño” se quedaba con nosotros, nos sonreía y nos envolvía con su ternura. Esa ternura y ese cariño que cada vez se nos hace más presente en la Tierra Santa, en la cárcel, y que solo podemos entender y saborear cuando nosotros también nos hacemos tiernos, niños, entrañables y necesitados como “el Niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”, única señal y luz de la Navidad, que hemos tenido la suerte de ver, tocar y volver a descubrir entre nuestros chavales de la cárcel. En Palabras de San Romero: Dios está en medio de nosotros. Tengamos fe en esa verdad de la sagrada revelación. Dios está presente, no duerme, está activo, observa, ayuda , y a su tiempo actúa oportunamente” (Homilía 16 de noviembre, 1979).