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El discípulo que Jesús amaba aparece en el evangelio de Juan en cuatro momentos: en la cena de despedida (13,22), al pie de la cruz (19,25-27), yendo hacia el sepulcro de Jesús (20,2 -10) y en el último relato de aparición (21,1-7.18-25). Este discípulo tan cercano a Jesús no formaba parte del grupo de los doce y se convirtió, después de la muerte de Jesús, el iniciador de una predicación y de una interpretación de los hechos y de la enseñanza de Jesús muy diferentes a los que se habían hecho hasta el momento. De Palestina pasa en Asia menor, probablemente Éfeso donde lideró una comunidad y un movimiento de evangelización que dio origen a la llamada escuela joánica. De esta surgieron los escritos del cuarto evangelio, las cartas de Juan y el libro del Apocalipsis. Miembros de esta comunidad y seguidores del discípulo amado son los autores de estos escritos. En la segunda lectura de hoy leemos un fragmento (1 Jn 3,1-2) de la 1ª carta de Juan.

Este libro del Nuevo Testamento no es propiamente una carta porque le falta lo característico del género: los preliminares y los saludos finales. No presenta una estructura clara, más bien parece la unión de temas diversos. El autor mezcla temas teológicos con una exhortación moral. No quiere alentar un comportamiento cristiano sin aportar una fundamentación doctrinal.

El pequeño fragmento que leemos hoy está centrado en la afirmación de que los creyentes seguidores de Jesús, gracias a la fe en Él y la adhesión a su persona, deben considerarse hijos de Dios. Encontramos en el texto un eco de lo que el prólogo del evangelio de Juan dice: "Pero a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hijos de Dios" (Jn 1, 12) y, siguiendo el mismo prólogo, es una filiación que no tiene su origen ni en la sangre, ni en la carne ni en el querer humano "(Jn 1,13). Este querer es el querer de Dios que se concreta en un acto de amor generoso gracias al cual el creyente alcanza la condición de hijo de Dios.

Esta filiación divina pasa desapercibida a los ojos del mundo. Hay que entender que el mundo es el que ha rechazado Jesús. "Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí primero que a vosotros" (Jn 15,18) y el odio a Jesús deriva hacia el odio a la comunidad: "Pero ahora el mundo los odia , porque no son del mundo". En el hecho de reconocer hay que entender que se trata de creer, de seguir a Jesús, de adherirse a su causa, de participar en su muerte. También aquí el rechazo del mundo ha sido anunciado en el prólogo del evangelio: "Y la luz verdadera ... el mundo no la conoció. Ha venido a su casa y los suyos no la recibieron "(Jn 1,9-11).

La filiación divina es una realidad indiscutible. El texto lo subraya con contundencia: "y lo somos" y también "ahora somos". Lo que pasa es que esta realidad no se ha manifestado plenamente. El creyente debe vivir su filiación divina con el corazón y la mirada puesta en el más allá. Esperanza puesta en llegar a ser semejantes a Dios. El creyente es ya un hijo de Dios pero este filiación debe llegar a una plenitud que el creyente espera y que consistirá en una configuración con Dios. La esperanza debe llevar al creyente a hacer un esfuerzo para conseguir una vida virtuosa, teniendo como modelo y ejemplo la virtuosa vida de Jesús.

Domingo 4º de Pascua 25 de Abril de 2021