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La conocida parábola del fariseo y el publicano que van al templo a orar la leemos en el evangelio de este domingo (Lc 18,9-14). Fijémonos en que la introducción de la parábola nos advierte que los destinatarios son los que se fían de la justicia y en la conclusión se afirma que fue el cobrador de impuestos el que volvió a su casa justificado.

El concepto justicia y su paralelo ser justo o ser declarado justo es un concepto muy arraigado en el Antiguo Testamento. Por encima de todo quien es justo es Dios. "Él siempre es justo en su comportamiento. Es el Dios fiel, sin culpa, es bueno y es recto "(Dt 32,4); también lo dicen los salmos: "El Señor que es justo ama la justicia" (11,7); "El Señor es benigno y justo" (116,5); "Tú eres justo, Señor, y son justas tus sentencias" (119,137).

Si tal como dice Isaías, a propósito del siervo del Señor, "él que es justo hará justos a los demás" (53,11), con más propiedad se puede afirmar que el ser justo de Dios puede hacer que haya hombres justos. Así encontramos que Dios ve que Noé es el único hombre justo de su generación (Gn 7,1). Noé es el primero que en la Escritura es llamado justo. Mucho más interesante es el caso de Abraham por las connotaciones que se pueden establecer con la oración del publicano. "Abraham creyó en el Señor y el Señor se lo contó como justicia" (Gn 15,6). Creer en el Señor debe entenderse no como adhesión a leyes o dogmas, sino en apoyarse firmemente en Dios. Abraham renuncia a buscar en sí mismo la propia seguridad y confía plenamente en Dios, tanto en cuanto al abandono de la tierra de sus orígenes como por el hecho de esperar una aparentemente imposible descendencia. Por eso a Abraham se le considera un hombre justo, su justicia es reconocida y acogida por Dios mismo que es justo.

La oración del publicano demuestra una total y plena confianza en Dios. Reconociendo su pecado, espera de Dios rehacer unas relaciones rotas. No es como la oración del fariseo que, más que una oración, es una autocomplacencia basada en el pretendido cumplimiento de buenas obras, con el agravante del desprecio hacia los demás (Sal 31,19). El fariseo olvida lo que dice el Deuteronomio: "No digas: el Señor me ha concedido conquistar este país porque soy justo" (Dt 9,4).

La afirmación de que Dios es justo arraiga en una imagen que proviene del mundo judicial que imagina Dios sentado en su trono y pronunciando sentencias y haciendo justicia. El salmo 89 corrobora esta forma de pensar cuando dice: "El derecho y la justicia sostienen su trono". Cuando el texto dice que el fariseo y el publicano subieron al templo a orar, no está dicho porque sí. Si admitimos que el arca de la alianza era el trono de Dios y ésta estaba en el templo en el santo de los santos, no es difícil concluir que los judíos entendieran que desde la "shekina", la presencia de Dios establecida en el santo de los santos, Dios podía hacer una declaración de justicia.

El cobrador de impuestos forma parte del colectivo de marginados y despreciados por la religiosidad judía. Que éste salga justificado hace evidente lo que "el Señor hace justicia a los oprimidos" (Sal 103,6; 146,7) y "se levanta para hacer justicia a todos los oprimidos de la tierra". El pronunciamiento de Jesús diciendo que es el cobrador de impuestos el que se va a casa justificado está en sintonía con el pronunciamiento de Dios; al mismo tiempo deshace cualquier tipo de equívoco que pudiera haber a fin de saber en qué consiste el ser justo delante de Dios.

Domingo 30 durante el año. 27 de Octubre de 2019