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La conocidísima parábola del fariseo y el publicano (Lc 8,9-14) la leemos en el evangelio de este domingo. La frase conclusiva hace universal el valor de la humildad.
Para captar el alcance de la parábola bueno es adentrarse en la personalidad de los dos protagonistas. El fariseo no es una mala persona, acude al templo a orar, no son pocas las cosas que hace bien. Sí, pero algo hay en su oración, que impide que salga justificado. La postura física de erguirse en pie denota ya un gesto de superioridad. Ruega en su interior. Es una oración que no sale hacia fuera; aunque diga: "Oh Dios" no se dirige a Dios. Empieza en  él, pero va a parar a él como una especie de círculo cerrado. No pide nada a Dios porque no siente ninguna necesidad de Dios. Parece más bien que espera que Dios le dé las gracias por ser una buena persona.

Da gracias por no ser como los demás hombres. En el extremo de la autocomplacencia se compara con el cobrador de impuestos. Si nos fijamos en los salmos, la oración de acción de gracias siempre va acompañada de la alabanza a Dios (79,13; 109,30) de la alegría (147,7) de la proclamación de las maravillas que Dios ha hecho (9,2; 52,11; 139,14) o agradece que Dios escucha y salva (118,28). Los motivos de acción de gracias en los salmos son muy diferentes a los motivos del fariseo, en este se produce una distorsión del motivo por el que hay que dar gracias a Dios.

Hemos dicho que el fariseo hace cosas bien, cumple con algunos de los preceptos del decálogo. No es como los hombres que son ladrones (arpages) o injustos (adikioi, término que tiene el sentido de perjudicar a una persona sobre todo en el ámbito del derecho) o adúlteros (moichoi). Tienen que ver con la parte del decálogo que hace referencia al comportamiento con los demás: no robar (Ex 20,15), no acusar a nadie falsamente (Ex 20,16), no cometer adulterio (Ex 20,14). Si lo comparamos con la pregunta que un maestro de la Ley dirige a Jesús sobre cómo conseguir la vida eterna (Lc 10,25-28), allí aparece el amor a Dios como principio fundamental y rector de toda conducta humana: Ama Señor tu Dios. En la oración del fariseo el amor a Dios brilla por su ausencia. El buen comportamiento con los demás no es amor a Dios, porque los otros son únicamente la unidad de medida de su egocentrismo.

El publicano pide que Dios le sea propicio, reconoce su propia limitación y confiesa sinceramente su pecado. En su oración encontramos el eco de los salmo 51: "Compadécete de mí Dios mío. Reconozco mi culpa". Curiosamente este salmo proclama que las ofrendas de holocaustos no valen nada si no hay la ofrenda de un corazón arrepentido. Quiere rehacer las relaciones con Dios que estaban rotas o que nunca existieron y que se definirán por el amor entrañable de Dios. Estamos en las antípodas de la forma de pensar del fariseo, para él el amor de Dios no entra en su esquema religioso.

El problema del fariseo es pensar que sus obras actuarán de contrapeso a los pecados que pueda tener. Es el mismo problema que tiene el fariseo que invita Jesús (Lc 7). Este piensa que su justicia le conseguirá el perdón de unas pocas faltas que él haya podido cometer. Por eso Jesús le dice que ama poco porque que se le ha perdonado poco. El fariseo que ora en el templo tampoco ama porque olvida la parte del decálogo que hace referencia al amor a Dios. Ni la autocomplacencia en los éxitos conseguidos por la confianza en las propias posibilidades, ni la observancia de lo que está mandado - venga de donde venga el mandamiento- dan derecho a una justificación que sólo puede venir de la misericordia de Dios.

Domingo 30 durante el año 23 de Octubre de 2016