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Después que el rey David dejara embarazada Betsabé y matara a su marido Urías para apropiarse de su mujer, el profeta Natán es enviado por Dios para reprochar al rey su pecado. Un fragmento de la intervención de Natán y la respuesta de David lo leemos en la primera lectura de este domingo (2Sa 12,7-10.13). El incidente nos proporciona una excusa para conocer cómo eran las relaciones entre el profetismo y la monarquía.

La organización política y social con tribus y la intervención de los jueces, líderes puntuales, llegó a un momento histórico que se convirtió en obsoleta. Israel quiso una monarquía, el modelo organizativo que tenían los grandes países vecinos: Egipto, Asiria. La petición de un rey a Samuel por parte del pueblo representó un rechazo a la realeza de Dios (1Sa 8,7). Samuel advierte de los riesgos que supondría instaurar el régimen monárquico. Con todo el proyecto salió adelante. La institución monárquica será una realidad con la condición de que quede bajo el control de la profecía carismática.

En los pueblos del próximo Oriente el rey era, en la tierra, el representante de la divinidad. La teología deuteronomista, presente en los libros de Samuel y Reyes, afirma contrariamente que la monarquía es una institución de origen humano porque ha sido querida por el pueblo, pero que adquiere su legitimidad porque Dios interviene en el nombramiento del rey y éste está sometido, como el pueblo, a la ley del código deuteronomico. Las relaciones entre profetas y reyes siempre fueron difíciles porque, al fin y al cabo, es el eterno conflicto entre el poder político y el poder religioso. El monarca necesita al profeta para que apoye y avale su poder y el profeta deberá velar a fin de que  el rey cumpla la ley como todos. El profeta es el que pone al rey en su lugar.
La historia bíblica de la monarquía enseña que la profecía es el enlace que conecta la autoridad real con los principios de la Torá, la Ley. Cuando el rey no la cumple se olvida de su función representativa porque él debe ser el primero en el cumplimiento de la ley. Cuando no lo hace, aparece entonces la figura del profeta recordando al rey sus obligaciones. Alguien tiene que decírselo al rey. El rey debe obedecer la palabra de Dios representada en la voz del profeta.

Es en este contexto que hay que situar la intervención de Natán. A menudo encontramos los profetas junto al rey, a veces parecen más un chambelán que un profeta. En ocasiones son consultados (1 Re 22,6; 2Re 8,8; 13,14-19) pero en otros son ellos los profetas que se dirigen al rey sin pedir permiso para reprocharles algo que no han hecho bien (1 Re 14,7-11; 16,1-4.7; 18; 21,17-23; Jr 22,13-19). Este es el caso de Natán. David ha pecado cometiendo adulterio. Según el libro del Levítico este pecado merece la muerte (Lv 20,10), sin embargo, Natán le dice que no va a morir. Lo que el profeta reprocha a David es que el rey haya hecho un uso desmedido de su poder aprovechándose de sus subordinados.

La muerte de Urías es grave, el adulterio también, pero lo que Natán reprocha a David es que haya actuado con un abuso de poder imponiendo se capricho real por sobre quienes están en inferioridad de condiciones. La actuación de David está en contradicción con el espíritu del Deuteronomio que defiende la causa del pobre (Dt15). La intervención de Natán corrige la desmesura del poder del rey.
"La espada no se apartará nunca más de tu casa" (v.10). Natán anuncia las desgracias que sobrevendrán a la dinastía de David. A la muerte de Salomón el reino se dividirá en dos y los libros de los Reyes no escatimarán ninguna crítica a las idolatrías y pecados de los reyes que vendrán, explicando así, la causa que comportó el exilio de Babilonia.

Domingo 11 durante el año. 12 de Junio ​​de 2016