Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

El establecimiento de comunidades cristianas fuera del territorio de Israel después de la muerte de Jesús fue un proceso muy rápido, posiblemente contribuyó a ello la destrucción de Jerusalén por parte de los romanos en el año 70 dC. Es así que encontramos comunidades importantes consolidadas en ciudades de Asia menor, una de estas fue Éfeso. Allí fue a parar un discípulo de Jesús bien posicionado socialmente y que formaba parte del círculo más íntimo de los seguidores de Jesús. Inició una predicación y una interpretación muy originales de la vida, obra, muerte y resurrección de Jesús. Fruto de ello surgió una comunidad que hizo escuela y que posteriormente se ha llamado escuela joánica; de esta proviene del evangelio, las cartas y el Apocalipsis de Juan. La comunidad quiso que su líder apareciera en los escritos (sobre todo el evangelio) con el apelativo de "discípulo amado" y hace que él esté presente en los momentos cruciales y definitivos de la vida de Jesús. De los escritos de esta escuela leemos en la segunda lectura de hoy un fragmento de la 1ª carta (1 Jn 3,1-3).

El autor de la carta afirma que Dios nos reconoce como hijos suyos. El verbo griego usado es "Kaleo", que, propiamente, significa nombrar o dar nombre. En el imperio romano, el padre reconocía que el hijo era suyo cuando, siendo puesto a tierra al terminar de nacer, lo levantaba y mostraba a todos el hijo. Los hijos, tanto biológicos como adoptados, eran aceptados en sociedad por una decisión del padre de familia. A partir de ese momento, el hijo pasaba a tener los derechos, que le correspondían en cuanto a la herencia y gozaba de la dignidad e intimidad de relación, propia de hijo reconocido. En caso de no ser reconocido, el hijo quedaba expuesto a todo tipo de desgracias. El reconocimiento de filiación era, en cierto sentido, un acto de liberación.

 

Al reconocernos Dios como hijos suyos significa que Dios ha decidido otorgarnos unos derechos y una dignidad que nos hacen capaces de tener un trato de intimidad con él, como los hijos lo tienen con el padre y nos ha liberado de la desdicha del pecado y de la muerte.

 

El reconocimiento de un hijo no biológico podía ser el resultado de intereses, negociaciones o de la aportación de dinero. El texto dice que el reconocimiento como hijos Dios la ha hecho como prueba de amor. No cuentan, por tanto, nuestros méritos, nuestras buenas acciones; el reconocimiento es la respuesta de amor por parte de Dios que otorga a los que han recibido Jesús y han creído en su nombre. Así lo dice el prólogo del evangelio: "Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su nombre les dio potestad de ser hijos de Dios" (Jn 1,12).

 

El reconocimiento de los creyentes como hijos de Dios pasa desapercibido a los ojos del mundo. El texto versículo 1 nos remite al antagonismo Jesús - mundo o discípulos - mundo. El prólogo del evangelio ya afirma, desde el principio, que el mundo rechaza Jesús: "El mundo no reconoce el que es la luz del mundo"; el rechazo derivará en odio (Jn 7,7) y este odio se extenderá a los discípulos (Jn 15,18). El rechazo incapacita al mundo para reconocer la acción amorosa de Dios que se manifiesta en el reconocimiento de los seguidores de Jesús como hijos de Dios.

 

Pero esta situación no debe ser siempre así. El texto invita a la esperanza de la manifestación plena de la filiación. En esta nueva situación caerán todas las barreras y los creyentes percibirán claramente que implica la filiación divina: ver a Dios cara cara sin ningún tipo de dificultad.

 

Festividad de Todos los Santos. 1 de Noviembre de 2020