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Un hombre pide a Jesús que debe hacer para conseguir la vida eterna, Jesús le responde y, a continuación, advierte de como la riqueza dificulta la entrada en el Reino, continúa con una intervención de Pedro con respuesta de  Jesús. Este esquema narrativo lo encontramos en el fragmento del evangelio de Marcos (10,17-31) que leemos este domingo y está presidido por una enseñanza sobre la riqueza.
A diferencia de Mateo, que habla de un joven (19,16) y de Lucas que menciona un hombre importante (18,18), Marcos presenta sencillamente un hombre (v. 17); más adelante sabremos que era rico. Este hombre pide a Jesús: "¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?" No pide seguirle, ni entrar en el Reino de Dios, como Jesús acaba de prometer a los niños (9,15). No le interesa participar en el Reino, tema estrella de la predicación de Jesús (1,15). La vida eterna que el hombre quiere conseguir no es un hito prioritario en el evangelio de Marcos, que presenta, en cambio, el Reino de Dios como un objetivo primordial.
Vida eterna es un concepto que hace referencia al futuro y en el pensamiento judío nace y adquiere fuerza en las persecuciones ocurridas en tiempos del Macabeos (Dn 12,2; 2Ma 7,9). Cómo puede ser que el justo que ha cumplido la Ley, muera víctima de una persecución? Como es que no se cumple lo que está escrito en el Dueteronomio que el cumplimiento de la ley lleva la vida? (Dt 30,20). Ante este problema la felicidad y la vida se posponen al más allá, en la otra vida, la vida eterna.
 

El hombre, que Marcos nos dirá que tiene muchos bienes, tiene prisa, ha ido corriendo a Jesús. Con su riqueza quiere solucionar el futuro. Tiene solucionado su bienestar material, cumple los mandamientos y como empresario eficiente sólo tiene prisa para asegurar el futuro, un futuro que quiere controlar de la misma manera que controla sus riquezas.
Jesús propone al hombre cumplir los mandamientos. Omite los tres primeros, más propios del judaísmo y que afectan a las obligaciones sagradas y rituales y menciona los que afectan a una ética más universal. Llama la atención el mandato de "no hagas ningún fraude"; formulado así no se encuentra ni en Ex 20,12-17 ni en Dt 5,16-21 (las dos formulaciones del decálogo). Jesús quiere prevenir de la riqueza conseguida dando la espalda a las necesidades de los pobres (Dt 24,14-15; Am 7,4-7; Sir 4,1-5).
El hombre que se dirige a Jesús parece el hombre ideal, preocupado por la vida eterna, sin dificultades económicas, irreprensible en el cumplimiento de unos códigos morales válidos para todos y para toda época, a pesar de todo eso no basta.
 

Jesús lo miró y lo amó (v.21). Marcos no dice algo así de Jesús. El hombre acierta cuando dice que Jesús es bueno. Jesús es bueno porque ama. Antes de dar recetas Jesús da amor. A la petición de ayuda Jesús responde con amor. Jesús ama porque lo que dirá y pedirá al hombre sólo se puede cumplir en el amor.
Jesús invita al hombre a hacer un proceso determinado por una serie de imperativos: ve, vende, da, vuelve, sígueme. Jesús no tiene prisa, como la tiene el hombre, lo anima a hacer el proceso y volver. No pide ideas, programas de oración, rituales de culto. Jesús pide seguimiento: "Si alguno quiere venir detrás de mí que tome su cruz y sígame” (8,34).
Antes deberá dar los bienes a los pobres, los que no tienen nada ni ninguna posibilidad de devolver el favor. Tampoco se trata de renunciar al dinero y que este se quede sin beneficiar a nadie. Lo que dé se transformará en un tesoro en el cielo, sinónimo de vida eterna. La vida eterna que el hombre busca la obtendrá con lo que dé a los pobres porque lo que dé se transformará en vida en el futuro.

Domingo 28 durante el año. 11 de Octubre de 2015