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El salmo 95 es una invitación a entrar en la presencia de Dios con cánticos y alabanzas y a escuchar su voz. Lo leemos este 3er domingo de Cuaresma del ciclo A. La primera parte del salmo (vv. 1-7a) es un cántico de acción de gracias. El agradecimiento está motivado por la grandeza y realeza del Señor que ejerce un dominio absoluto sobre toda la creación. La segunda parte del (vv. 7b-11) es una exhortación profética. Es sorprendente el cambio repentino que va del gozo y la alabanza a la seriedad de la advertencia y la exhortación.

"Ven nos postraremos y nos inclinaremos, nos arrodillaremos ante el Señor quien nos ha hecho" (v.6). El contenido de este versículo hace pensar en una entrada procesional y solemne hacia el lugar donde está la presencia de Dios. Lo más probable es que el escenario sea el templo de Jerusalén y el momento sea una celebración litúrgica y cultual que se repetiría periódicamente.

La procesión ha llegado al lugar de la celebración del acto de culto. Una nueva invitación, "entrad" (v.6) introduce en el acto de homenaje a la divinidad. El honor que recibe el rey al prosternarse sus súbditos ante él, ahora es atribuido al Señor. Se le honra con cánticos, acción de gracias y aclamación. Se reconoce la grandeza de Dios por ser creador. Israel, creación de Dios (Dt 32,6; Is 43,1.15; Sl 100,3), sabe que es un pueblo que pertenece a Dios y lo expresa con la imagen del rebaño. Así como las ovejas pertenecen al pastor, Israel pertenece a Dios que es su pastor. En el antiguo oriente era frecuente imaginar que el rey era el pastor de su pueblo en tanto que tenía encomendado su guía. Los faraones de Egipto eran representados con el cetro (Heka) en forma de cayado, símbolo de la función de guía que tenía sobre su pueblo. El Señor es rey pastor de Israel, así lo dirá el salmo 23 "El Señor es mi pastor" y Isaías (40,11) con mucha ternura: "Vela como un pastor por su rebaño: lo reúne con su brazo, lleva en el pecho sus corderos, acompaña las ovejas que crían ".

Dentro del evento festivo del acto de culto resuena la palabra de Dios. Seguramente una homilía de los levitas con referencias a la enseñanza de los profetas clásicos. Aparecen mencionados dos lugares geográficos cargados de significado. Para los que rezaban los salmos o escuchaban la lectura de la Escritura, les bastaba con un sola palabra para abrirse a un significado más profundo y amplio. Este es el caso de Masá y Meribá, palabras hebreas que significan prueba y discusión porque son los lugares donde Israel había puesto a prueba a Dios y había discutido con Moisés. En su marcha hacia la tierra prometida, cerca de Rafidim, la necesidad de agua se convirtió en agobiante. Sedientos, algunos Israelitas se enfrentaron  a Moisés. El profeta se dirigió a Dios que le ordenó golpear la roca de la que brotó el agua que bebió todo el pueblo. El relato lo recopila el libro del Éxodo (17,1-7) pero también se encuentra, con variantes, en el libro del Números que ubica el evento cerca de Cades (20,1-13). Los israelitas descontentos pusieron a prueba a Dios obligándole a hacer un milagro que demostrara que no les había abandonado y que se mantenía activo en medio de su pueblo; no reconocieron la acción liberadora de Dios que les había salvado de la esclavitud de Egipto.

¿Por qué después de tanto tiempo la predicación profética vuelve a recordar el episodio de Masá y Meribá? La posibilidad de pedir pruebas a Dios y discutir con sus profetas se puede repetir en cualquier momento porque  Israel es un pueblo que va a su aire (Ex 32,9); por eso es necesaria  la predicación profética que insista una y otra vez en lo que se puede repetir.

Domingo 3º de Cuaresma 15 de Marzo de 2020.