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Dos pequeños fragmentos de la tercera parte del libro de Isaías (Is 61,1-2a. 10-11) leemos en la primera lectura de este domingo. La primera parte de este texto es bastante conocido porque es el que cita el evangelista Lucas en el relato que presenta la intervención de Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lc 4,16-30).

El texto que leemos hoy pertenece a la tercera parte del libro de Isaías y la mayoría de comentaristas considera que se trata de una recopilación de escritos recopilados por un profeta anónimo que formaría parte del círculo de discípulos del Segundo Isaías, profeta también anónimo , autor de la segunda parte del libro (cc. 40-55). La época en que hay que situar esta recopilación de textos es la posterior al regreso del exilio de Babilonia que queda muy lejos en el tiempo, como también queda lejos el tiempo del primer retorno y de la inmediata construcción del país. No hay referencias concretas en el texto para determinar las circunstancias históricas que lo rodean pero las palabras de aliento hacen pensar que se trata de una época triste y oscura. El mensaje de esperanza que el Segundo Isaías dirigía a los exiliados de Babilonia es retomado en una nueva situación para levantar los ánimos de los desencantados.

Efectivamente, la comunidad a la que se dirige el Tercer Isaías no está enardecida por el entusiasmo que imperaba en los primeros repatriados de Babilonia. Las promesas de salvación que se prometían inminentes, no acaban de llegar: "Se mantiene lejos tu salvación". Ante esta situación se alza la voz de este profeta anónimo anunciando un mundo futuro feliz.

"El Espíritu del Señor está sobre mí porque el Señor me ha ungido". Se pueden descubrir semejanzas entre este profeta y el Siervo del Señor que aparece en los capítulos 42; 49-50; 52-53 del libro del Segundo Isaías. El profeta recibe de manera semejante el don del Espíritu como los ancianos de Israel que reciben el mismo Espíritu de Dios que también posee Moisés (Nm 11,17.25); como los jueces que lo reciben cuando las tribus de Israel se encuentran en dificultades (Jue 3,10; 6,34; 14,6.9); como el rey David que lo recibe a fin de ejercer bien la realeza (1Sa 16,13) y, como hemos dicho, también a semejanza del Siervo del Señor (Is 42,1) que debe llevar la justicia a las naciones.

La unción se confiere para encomendar a una persona una tarea importante. En el Antiguo Testamento vemos que se unge a los profetas (1 Re19,16), a los sacerdotes (Ex 40,13-15) y los reyes (2Sa 23,1, en este texto van unidas unción y don del Espíritu ). El profeta, como otros personajes relevantes del Antiguo Testamento, también la recibe. La situación en que se encuentra la comunidad del Tercer Isaías pide no caer nuevamente en el desánimo. Por eso la palabra del profeta debe ser convincente y debe tener los avales del don del Espíritu y la unción que aseguren el cumplimiento de lo que anuncia. Se trata de que, esta vez sí, las promesas de Dios lleguen a buen puerto.

"Hará germinar la salvación y el triunfo ante todas las naciones". Esta afirmación es importante. La misión del profeta va más allá de los límites ideológicos y religiosos del pueblo de Israel. Cualquiera puede unirse al Señor. "El extranjero que se ha unido al Señor no ha de decir: El Señor me excluye de su pueblo" (Is 56,3). Hay que recordar el rechazo a los extranjeros que aparece en el libro de Esdras (10, 11) y como los samaritanos, considerados extranjeros, fueron excluidos de la reconstrucción del templo de Jerusalén (Esdras 4,3). La teología del Tercer Isaías representa un desarrollo atrevido y radical de una idea similar que se encuentra en el primer Isaías: "Todos los pueblos dirán: Venid subimos ... en casa del Dios de Jacob" (2,3). Con el Tercer Isaías el universalismo de Israel abre camino y se consolida.

Domingo 3º de Adviento. 13 de Diciembre de 2020