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MANDATOS PARA LA CONVIVENCIA
Los diez mandamientos que encontramos en los catecismos tienen su base en dos textos del Antiguo Testamento: Ex 20,2-17 y Dt 5,6-21. El primero de ellos es el que leemos en la primera lectura de este domingo. Ex 34,28, Dt 4,13 y 10,4 hablan de los 10 mandamientos escritos en las tablillas de piedra. Los comentaristas actuales prefieren traducir el término hebreo "debarim" por "palabras" más que mandamientos. La mayor dificultad es que, si se cuentan bien, hay más de 10 mandatos o prohibiciones. Seguramente las 10 palabras son la ampliación de un primitivo decálogo, que, a fin de facilitar su memorización, tendría sólo 10 mandamientos.
Temáticamente nos encontramos los mandatos que hacen referencia a las relaciones con Dios y los que afectan a las relaciones con los demás. No puede haber una correcta relación con Dios que se desentienda de las relaciones con los demás, ni el trato con los demás puede dejar de estar fundamentado en las relaciones con Dios.
Los mandamientos que hacen referencia al trato con los demás presentan una terna -homicidio, adulterio y robo- que encontramos en otros textos como: Jr 7,9; Os 4,2; y Jb 24,13-15. Podría haber existido también en otros códigos del antiguo Oriente, y ejercido su influencia en nuestro decálogo.
La prohibición en negativo de "No matarás" implica una afirmación en positivo del derecho a la vida. Es un derecho esencial y básico del ser humano. En el tiempo en que se formuló el texto del decálogo, no todas las vidas valían igual: la vida del dueño era mejor que la vida del esclavo y eran admitidos el matar en la guerra y la pena de muerte. Afortunadamente las interpretaciones actuales del "no matar" tienden a hacer una afirmación en defensa de la vida sin relativizaciones. La vida pertenece a Dios.
Otros pasajes del Antiguo Testamento enriquecen y amplían el radio de acción del "no matar". "Los malvados matan los inmigrantes y las viudas y asesinan a los huérfanos" dice el Sal 94,6; en el libro de Job encontramos: "El asesino ... mata al pobre y al indefenso" (24,13-15) y en el Deuteronomio se compara la violación con una muerte (22,23-29). Un pasaje  a no olvidar cuando se trata de la defensa de la vida humana es el episodio del sacrificio de Isaac (Gn 22,1-12). La vida humana es tan sagrada que no puede ser eliminada ni siquiera para ser dedicada a Dios.
La prohibición del adulterio debe entenderse en el contexto de una estructura familiar patriarcal. El hombre era el dueño de su esposa; lo deja entender el mismo decálogo cuando sitúa la mujer entre las posesiones del hombre (Ex 20,17). Por lo tanto la prohibición del adulterio protegía la propiedad del marido sobre la esposa. Esta propiedad quedaba vulnerada si una mujer casada tenía relaciones con otros hombres que no fueran el marido o si un hombre tenía relaciones con una casada. Las relaciones de hombres con solteras o viudas no se consideraban adulterio. Con la prohibición se aseguraba además la legitimidad de la prole. Su gravedad era similar a la del homicidio. Desde la perspectiva de una lectura positiva, la prohibición del adulterio representa una exaltación del matrimonio, sintonizando con el texto de Génesis que aboga por la unidad del hombre y la mujer hasta formar una sola cosa (2,24). Y en una perspectiva más religiosa la fidelidad matrimonial es imagen de la fidelidad de Dios para con su pueblo.
Domingo 3º de Cuaresma. 8 de Marzo de 2015