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Volvemos a los domingos que durante el año no tienen ninguna connotación festiva y litúrgica especial. Hoy en la segunda lectura leemos un fragmento de la segunda carta de Pablo a los Corintios (2 Cor 5,6-10). Existe un consenso amplísimo entre los comentaristas de los escritos paulinos que las cartas 1ª y 2ª Corintios recogen muchas más cartas que Pablo y su equipo les habrían escrito. El texto que leemos hoy formaría parte de la tercera de estas cartas que abarcaría desde 2 Co 2,14 hasta 7,4. La finalidad de esta carta sería una defensa de la misión de Pablo ante la oposición y enfrentamiento de unos misioneros helenistas llegados a la comunidad. Ellos habrían montado una férrea oposición al ministerio de Pablo. Aunque el apóstol se ocupa detalladamente de esta cuestión en los capítulos 10-13 es importante tener en cuenta este hecho a la hora de leer el texto que nos ocupa.

Pablo ha descrito anteriormente las contrariedades y sufrimientos que conlleva el trabajo misionero con el claro convencimiento de que estos son momentáneos, ligeros y que no durarán siempre. En el comienzo del capítulo 5º y en los versículos que comentamos se abre una gran esperanza: "Dios es el que nos ha destinado a la vida inmortal y nos ha dado el Espíritu como prenda de lo que vendrá" (v.5). Los falsos predicadores entendían que el alma estaba prisionera en el cuerpo y que la manera de conseguir la libertad era liberándose del cuerpo físico y así el alma podía conseguir su gloria. Por lo tanto, para estos, el cuerpo no servía de nada, al contrario, era un estorbo. Pablo reacciona ante ello. Ciertamente el cuerpo se destruye dice Pablo en los versículos previos al texto que nos ocupa: "se destruye esta casa terrenal". Cuando el cuerpo se destruye, qué pasa entonces? acaba todo? No, porque Pablo afirma, en contra de sus adversarios, que "tenemos una casa eterna en el cielo, una casa celestial". Dios nos ha destinado ablo la vida y esta vida el cristiano la vivirá en un cuerpo celestial, un cuerpo transformado. Pablo fiel a la antropología semítica no puede entender un ser, un yo unido a Cristo sin un cuerpo. La doctrina del cuerpo transformado la ha desarrollado ya en el capítulo 15 de la primera carta a los Corintios; allí habla de la diferencia entre un cuerpo terrenal y un cuerpo espiritual (15,44).

Pablo es un experto en exponer la tensión que se produce entre el sí pero el todavía no, entre la posesión y la esperanza, entre el que ha comenzado y lo que no ha llegado a la plenitud. Aquí lo hace exponiendo lo que pasa con el cuerpo mientras vivimos en esta vida y no llega aún el momento de ir a vivir con el Señor. Se vale del verbo "dêmeô" que según el prefijo que le añade adquiere un sentido u otro. "Ekdêmeô" significa estar en el extranjero, "endêmeô" significa estar en casa. La existencia corporal es ausencia porque implica estar lejos del Señor. Contrariamente la plena comunión de vida con el Señor implica la desaparición de la existencia en este mundo. Por decirlo de alguna manera, nosotros y el Señor estamos en esferas separadas, en ámbitos de existencia distanciados. La fe, la confianza, el deseo de ser placenteras al Señor puede superar esta distancia. Deseamos estar fuera de la actual esfera y llegar definitivamente a casa para estar con el Señor para disfrutar la plena comunión con él.

Para insistir en la importancia del cuerpo ante sus adversarios, Pablo recuerda que en el momento de comparecer ante el tribunal de Cristo lo que se haya obrado con el cuerpo en esta vida (Rm 2,6) tendrá su importancia. Es cierto que el justo vive por la fe, pero Pablo es del todo consciente de que hay comportamientos que no son dignos de la vida del cristiano (1 Cor 6,9-10). La justificación por la fe no excluye que las buenas obras tengan su recompensa.

Domingo 11º durante el año. 13 de Junio ​​de 2021