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Comentario a la primera lectura del 1er. domingo de Adviento A.

Un pequeño oráculo de la primera parte del libro del profeta Isaías (Is 2,2-5) leemos en la primera lectura de este primer domingo de Adviento. Protagonista del texto es la ciudad de Jerusalén, su templo y Sión la montaña sobre la que se edifica la ciudad y el templo.

El tono positivo que tiene el texto se entiende mejor si se tiene en cuenta lo que ha dicho el profeta en el capítulo 1º del libro. Isaías ha visto la decadencia moral de un pueblo y de una ciudad que no hacen caso a su Dios y no escuchan su voz y su enseñanza. El profeta se desahoga con un clamor típico del lenguaje de las lamentaciones. La ciudad de Dios en la que residía el tribunal de justicia que debía defender los derechos de las viudas y huérfanos, de los oprimidos y desheredados está dirigida por unos gobernantes ladrones y bandoleros que se venden al mejor postor.

Expuesta esta situación es cuando entre en escena nuestro texto. Es el anuncio de que Jerusalén será purificada. Recuperará su antiguo esplendor, el de cuando era plata de buena ley (1,22). Jerusalén será un referente no sólo para los israelitas sino para todas las naciones.

El texto pertenece a una colección que fue insertada en el libro de Isaías en una época desconocida y que va desde 2,1 hasta 4,6. Después de las duras palabras del capítulo 1er. Llega el alivio de un oráculo de salvación. El profeta se inspira en las peregrinaciones que se hacían en Jerusalén para dar culto al Señor, lo que ocurre es que los peregrinos no son sólo los componentes del pueblo de Israel sino que se amplía a todas las naciones. Por su tono universalista, a semejanza del tercer Isaías (Is 60), el texto podría ser obra de un profeta posterior al exilio que insertó este oráculo a fin de dar ánimos a un pueblo desanimado por la catástrofe que supuso el exilio. Este oráculo de Isaías es casi idéntico al texto de Miqueas 4,1-4, tanto que algunos autores consideran primitivo el texto de Miqueas.

En tiempos pasados ​​Israel caminó por el desierto hacia la montaña del Sinaí para recibir el don de la Ley, la palabra del Señor, la Torá. Ahora son todos los pueblos de la tierra que caminan hacia la montaña de Sión, donde están Jerusalén y el templo, en busca de la “torà” y la “dabar”. “Torà” es la Ley pero su significado es enseñanza, instrucción, doctrina. Dabar es la palabra profética que interpreta y explana el sentido de la torá. "Dabar" y "torà", antes de la incorporación de los Escritos conformaban la totalidad de la Escritura judía. El libro del Deuteronomio (28,1-14) asegura la prosperidad a aquellos que cumplan la Ley, es decir, vivan según la enseñanza del Señor. Ahora, cuando todos los pueblos de la tierra acepten la enseñanza y la palabra profética experimentarán el poder de transformación que la enseñanza y la palabra tienen porque son capaces de llevar la paz y la justicia en un mundo dominado por guerras e injusticias. La imagen de la transformación de las armas en instrumentos agrícolas es de gran belleza y tiene un gran atractivo, tanto es así que en la oficina central de Naciones Unidas aparece este texto de Isaías 2,4. La paz será una característica fundamental de los futuros tiempos mesiánicos.

Jerusalén es la ciudad predilecta del Señor, Él la ha escogido para habitar eternamente en su templo haciendola así símbolo de su presencia (Dt 12,5; 1Re 11,13; Sl 132,13). Corazón de las grandes peregrinaciones en las grandes fiestas. Baluarte de la religiosidad de Israel. Lugar donde está establecido el trono de la dinastía de David (Sal 132,15-18). En nuestro texto Jerusalén aparece como un ideal de liderazgo espiritual. En el momento de la peregrinación definitiva, Jerusalén se convertirá en líder y referente por todos los pueblos. Hombres y mujeres que no forman parte del pueblo de Israel escucharán la enseñanza y la palabra del Señor y vivirán en su presencia. El Señor ofrecerá sus dones a todos los pueblos rompiendo así las barreras nacionalistas.

Jerusalén es la antítesis de Babel (Gn 11,1-9); allí los pueblos de la tierra querían llegar al cielo, pero todo acabó con la dispersión y la confusión de lenguas. Aquí los pueblos suben a la montaña de la presencia divina. Su enseñanza y palabra será un único lenguaje que los reunirá en un solo pueblo capaz de andar/comportarse según la luz iluminadora de Dios.

Domingo 1º de Adviento 27 de Noviembre de 2022.

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