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El salmo 22 es un salmo de 32 versículos del que leemos un fragmento entre la primera y segunda lectura en este domingo de Ramos. El salmo es una súplica individual, un reclamo de auxilio en grandes momentos de tribulación, pero a esta súplica y reclamo sigue una promesa de alabanza y una acción de gracias por la liberación conseguida. Lo que decimos responde a que en el salmo se encuentran tres partes bien diferenciadas: Una lamentación (vv.2-22); una acción de gracias (vv. 23-27) y un himno al Señor, rey del universo (vv. 28-32).

El salmo comienza con una oración, "Dios mío, Dios mío" marcada por la repetición y la insistencia, señal de lo profunda que es la angustia y la desesperación del orante. Desde esta situación, dirige su grito hacia Dios. Con todo, en medio de la desesperación resuena una afirmación de confianza: "mio". El Dios al que se dirige no es un Dios cualquiera, es "mi" Dios, aquel que cree firmemente le puede ayudar y liberar, de quien tiene derecho a esperar la ayuda y la salvación porque, como dirá el v. 3, "En ti confiaron nuestros padres ... y los liberaste". Si los antepasados ​​de Israel recibieron los socorros del Señor, ¿por qué yo no puedo esperar de Él el mismo ?.

En la invocación llena de confianza se contrapone el grito desesperado: "¿Por qué me has abandonado?" . Expresa el sufrimiento de sentirse lejos y abandonado de Dios. La súplica es impresionante, de una gran intensidad, se produce en una situación límite, no se interpreta como un castigo por los pecados ni se pide una condena o destrucción de los enemigos. El orante insiste en que Dios no la abandone: "¿Por qué me has abandonado?", "No vienes a salvarme" (v.2), "llamo y no me respondes" (v.3), " no te alejes "(v.12)," pero tú, Señor, no te alejes "(v.20). Vive su tribulación como una lejanía de Dios y lo más trágico es la percepción de que es Dios quien se aleja y no él. La lejanía de Dios contrasta con la proximidad de los peligros que son descritos larga y minuciosamente (vv 13-19). Quizás ningún salmo describe tan extensa y detalladamente los males que acosan el justo sufriente.

"Señor me has escuchado" dirá en el versículo 22. El convencimiento de ser escuchado es el punto de inflexión que marca el cambio, el paso de la lamentación a la acción de gracias y la alabanza.

El salmo tiene una relación muy estrecha con los pasajes de los evangelios que relatan el sufrimiento y la muerte de Jesús. Es un dato indiscutible que los redactores de los relatos de la pasión utilizaron el salmo 22 para componer sus narraciones. Esta referencia al salmo 22 expresa que el sufrimiento y la muerte de Jesús ocurren en conformidad al plan de Dios del que dan fe las Escrituras. La muerte de Jesús resultaba para las primeras comunidades cristianas un hecho incomprensible, un escándalo. Nadie en Israel esperaba un mesías sufriente. El dicho del Deuteronomio pesaba como una losa: "Todo hombre colgado de un madero es un maldito de Dios" (21,23).

Se entendería la muerte por lapidación como un profeta, pero la cruz ?. Se trataba de contrarrestar el texto del Deuteronomio. Jesús, como nadie, se ajusta a la figura del justo sufriente perseguido por los hombres y posteriormente liberado por Dios. Se trataba de mostrar que la experiencia del sufrimiento, a la luz de la liberación otorgada por Dios, deja de ser un sin sentido. El orante del salmo, a pesar se siente próximo a la muerte no muere, Dios lo salva en el último momento. Jesús muere pero Dios le liberará con la resurrección de esta muerte. La confianza total y absoluta del orante en que Dios lo liberará coincide con la confianza total y absoluta de Jesús.

Domingo de Ramos. 14 de Abril de 2019