Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

El relato de la venida del Espíritu Santo sobre los seguidores de Jesús (Hch 2,1-11) es bastante conocido y ha sido comentado incontables veces. El leemos en la primera lectura de la fiesta de Pentecostés. La riqueza del texto permite encontrar siempre detalles y nuevos enfoques que enriquecen  su lectura y comprensión.
El texto matiza que el Espíritu Santo desciende sobre cada uno (en griego ekaston) de los que se encuentran reunidos en un mismo lugar. "Cada uno" subraya la individualidad. El Espíritu desciende sobre cada una de las personas allí presentes, no sobre un colectivo global indeterminado. Tiene importancia el detalle ?. Sí en el momento que consideramos la composición de este grupo sobre el que desciende el Espíritu.

Anteriormente el texto nos ha informado de que los reunidos en el lugar (una de las salas anexas al templo) son 120; el número múltiple de 12 y la cantidad de miembros suficientes para tomar acuerdos con validez legal según la ley judía. A pesar del carácter marcadamente simbólico de esta cantidad, fijémonos en quien hay entre los presentes en el lugar. Por un lado está el colectivo de los doce que, en virtud de la elección de Matías ha quedado restaurado en la totalidad de 12 contra las indicaciones de Jesús de no hacer nada hasta que llegue la promesa del Padre (Lc 27,49 ; Hch 1,4). Aparece el grupo de mujeres; no se especifica que sean las que estaban presentes en el entierro de Jesús (23,55) o las que fueron al sepulcro (24,10). El códice Beza dice que eran las mujeres de los 12, acompañadas de sus hijos. El otro grupo lo forman María y los hermanos de Jesús. Hasta completar los 120 quedaría un resto indeterminada.

La enumeración de los diferentes grupos da idea de la heterogeneidad de los reunidos en la sala anexa al templo y en esta heterogeneidad radica el valor del detalle. Recordemos que se acaba de producir la elección de Matías, se han presentado dos candidatos. Es de suponer, como en toda elección que hay en el mundo, la existencia de opiniones diversas y tomas de posición divergentes. Pues bien, en este clima de heterogeneidad y diversidad se produce el descendimiento del Espíritu ofreciéndose como don a cada una de las personas reunidas, sin hacer distinciones, todo lo contrario convirtiéndose en factor de unidad.

El don del Espíritu engendra y estimula la profecía que se expresa en un lenguaje que puede ser entendido por todos. La profecía, pero, interpela  y por eso despierta respuestas en positivo y en negativo. El texto muestra estas respuestas. Nos fijaremos en las de signo negativo. "No son estos galileos los que hablan?" (V.7). El tono es despectivo. Para los judíos, sobre todo de Jerusalén, los galileos eran campesinos incultos y eran además permeables a las influencias paganas del helenismo. El profeta Isaías lo pone de manifiesto: "Tierra de Zabulón y Neftalí ... la ruta del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles" (8,23), cita que recoge posteriormente Mateo (4,15).

En el otro grupo la crítica despectiva proviene de quienes cuando fallan los argumentos aflora el desprestigio y el hazmerreír. Los apóstoles son comparados a aquellos falsos profetas que profetizan bajo los efectos del alcohol como dice el profeta Isaías: "sacerdotes y profetas quienes tropiezan de tanto beber. El vino los consume, la bebida les hace bambolearse. Se entorpecen con las visiones, tropiezan cuando dan sentencias " (28,7). La embriaguez está reñida con el claro discernimiento que exige la profecía por eso Jesús ya advertía: "Que la embriaguez no agobian su corazón" (Lc 21,34). Las reacciones negativas muestran que la profecía siempre tendrá contestación. Las comunidades cristianas deberán tenerlo presente y confiar en la fuerza del Espíritu para no dejar nunca de ser proféticas.

Festividad de Pentecostés. 9 de Junio ​​de 2019