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Seguimos leyendo, en la segunda lectura, textos de la carta de Pablo a los romanos. Concretamente este domingo corresponde un fragmento (Rm 8,18-23) del capítulo 8 º, el tema estrella del cual es la vida en el Espíritu.

El texto que nos ocupa comienza hablando de los sufrimientos del tiempo presente. Pablo comparte el pensamiento apocalíptico, según el cual la historia de la salvación ocurre en dos mundos, dos eones. El 4º libro de Esdras dice que "El Altísimo hizo este mundo debido a muchos, pero el mundo futuro debido a pocos" (4 Esd 8,1). El mundo presente está dominado por el mal y es el escenario de todos los contratiempos y esclavitudes que debe soportar Israel. Este pone los ojos en el mundo futuro, en el más allá, sabe que Dios no puede defraudar a los que le son fieles (Is 44,21). Si las palabras proféticas no se cumplen en este mundo, se cumplirán en lo que vendrá. A pesar del pesimismo que generan las condiciones de este mundo, se mantiene vivo el optimismo de la esperanza. Los sufrimientos del tiempo presente de que habla Pablo corresponden al eón (mundo) actual; la gloria que se revelará al eón futuro.

"El universo creado se encuentra sometido al fracaso, no de grado, sino porque alguien se lo ha sometido, pero mantiene la esperanza" (v.20). El texto nos lleva ineludiblemente al pasaje de Génesis 3. La transgresión de Adán lo aparta de Dios y eso tiene unas consecuencias negativas para el conjunto de la creación. La condena no recae sólo sobre el hombre y la mujer, sino que va unida a la maldición de la serpiente y de la tierra. La tierra es maldita por culpa de Adán, toda la creación queda afectada a consecuencia de su transgresión. Es así como lo ve el libro apocalíptico 4º de Esdras: "Pero cuando Adam transgredió mis mandamientos fue juzgada la creación. Entonces los caminos de este eón (mundo) se volvieron estrechos, tristes y pesados ​​"(4 Esd 7,11).

La situación de la creación después de la transgresión de Adán es la de fracaso, es decir, se ha vuelto incapaz de cumplir los objetivos: ser un camino de acceso hacia Dios por el hecho de hacer visible la divinidad invisible de Dios (Rm 1,20). Pero Israel vive en el convencimiento de que "El Señor no abandona a su pueblo, no se desentiende de su herencia" (Sal 94,14). Por eso Pablo considera que en el sometimiento de la creación hay una puerta abierta a la esperanza. Hay motivos para esperar que la gloria que se ha de revelar es muy superior comparativamente a los sufrimientos que padece la creación. La esperanza pone los ojos en el nuevo eón, en el mundo nuevo. Será el nacimiento de una realidad nueva por ello la espera se hace gimiendo y sufriendo dolores de parto (v. 22). A  la esperanza de la creación se une la  esperanza de los creyentes que poseen el  Espíritu como primicia de lo que vendrá. La posesión del Espíritu refuerza la motivación de la espera. Lo que se espera es  liberación de la esclavitud de la corrupción, la obtención de la libertad y la gloria de los hijos de Dios.

Todo el fragmento que nos ocupa está impregnado, como se puede ver, por el incentivo a la esperanza. Tres veces se repite en el texto, además de las construcciones en futuro que apuntan a lo que vendrá. Esperanza en tensión entre el sí, pero todavía no. Sí al convencimiento de que el mundo nuevo vendrá; sí a la posesión de las primicias del Espíritu; pero aún no de la liberación y la libertad, aún no de la filiación definitiva y de la manifestación de la gloria de Dios que irradiará a través de sus hijos redimidos.

Domingo 15 durante el año. 12 de Julio de 2020.