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La parábola del administrador astuto y la que leemos este domingo, la del hombre rico y Lázaro (Lc 16,19-31) ocupan la mayor parte del capítulo 16 del evangelio de Lucas y el tema que las une es el uso que hay que hacer de la riqueza. El versículo 14 de este capítulo dice: "Los fariseos que eran amigos del dinero, sintieron esto y se reían de Jesús". Estas palabras son una buena introducción a la parábola del rico y Lázaro porque nos indican cuál es el auditorio al que se dirige Jesús y responde a la crítica de los fariseos, como diciendo: vais a ver la que os espera. Como en otros pasajes entrar en algunos detalles puede enriquecer la comprensión.

"Estaba tumbado en su portal". La puerta señala claramente dos espacios, el del hombre rico y el espacio del pobre. Para el hombre rico la puerta le sirve de valla para impedir el acceso a su casa de personas indeseables, protege su riqueza y lo aísla del mundo que está más allá de la puerta. La puerta marca distancias.  Respecto a Lázaro la puerta lo separa de un mundo al que no tendrá nunca acceso, un mundo del  que querría participar aunque sólo fueran las migajas. La puerta indica que hay dos mundos, el de la riqueza y el de la pobreza, diferentes, separados, pero, a pesar de todo, cercanos, porque muy a menudo riqueza y pobreza coexisten muy cerca la una de la otra.

De las 15 veces que el nombre de Abraham se encuentra en el evangelio de Lucas, 7 se encuentran en este pasaje; la insistencia y repetición nos alertan de su importancia. Los fariseos presumen de ser hijos de Abraham y creen que por este hecho tienen asegurada la salvación. Las riquezas, para ellos, no representan ningún impedimento para conseguirla ya que el Deuteronomio deja bien claro que Dios premia con la prosperidad el cumplimiento de la ley (Dt 28,1-14). Los pobres son para ellos seres indeseables que sólo se tratan con perros, animales despreciables, como dice el salmo 59,6-7: "Señor del universo ... juzga todos estos paganos ... vuelven ... gruñendo como los perros ". De poco les servirá, sin embargo, esgrimir la descendencia de Abraham, ya decía Juan Bautista que "Dios puede sacar hijos de Abraham de estas piedras" (Lc 3,8).

La muerte da la vuelta las cosas y los espacios se modifican. Durante la vida en este mundo, Lázaro no podía acceder al mundo del rico, pero sí el rico podía acercarse al mundo del pobre que pedía ayuda. Ahora en el sheol, donde hay varias estancias comunicadas entre sí, pero imposible de atravesar de un lado al otro, un gran abismo corta el acceso en ambas direcciones. Aunque Lázaro quisiera no podría ir hacia el rico. La puerta de la casa del rico marcaba distancias, ahora las distancias se han convertido infranqueables. Para el rico, el distanciamiento que le aportaba la alegría de no ser molestado, ahora se convierte en un tormento.

Los fariseos conocen muy bien la Escritura (en tiempos de Jesús, Moisés, es el representante de la ley y también están los profetas), el capítulo 15 del Deuteronomio: "No debe haber pobres entre los tuyos" y la doctrina social de los profetas como Amós - 1ª lectura de hoy 6,1.4-7 -. Saben que no han hecho caso y que no harán caso sus hermanos, los integrantes del pueblo de Israel. Saben que su pecado no es el hecho de ser rico, sino la dureza de sus corazones con los pobres. Con la parábola, Lucas pone en sintonía la predicación de Jesús con el mensaje social de la Escritura.

"Tampoco les convencerá ningún muerto que resucite". El rico, como los fariseos, piden pruebas espectaculares al estilo de aquellos que para poner a prueba a Jesús, pedían una señal del cielo (11,16). Abraham / Jesús se niegan a entrar en este juego. La parábola es una crítica a aquellos que cierran el corazón a cualquier tipo de predicación o de mensaje aunque este vaya avalado por la aparición de uno que vuelve de entre los muertos.

Domingo 26 durante el año. 29 de Septiembre de 2019