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En el tercer anuncio de su muerte (Mc 10,33), Jesús especifica claramente (no lo especifican ni Mateo ni Lucas) que ésta se producirá en Jerusalén, la ciudad hacia donde Jesús y sus discípulos y seguidores van haciendo camino. Allí es donde, según las esperanzas mesiánicas judías, Jesús debe restaurar la gloria del trono de David. Es cuestión, pues, de empezar a tomar posiciones, por eso los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, piden a Jesús sentarse uno a su derecha y el otro a su izquierda. Es el relato que leemos en el evangelio de hoy (Mc 10,35-45).

A diferencia del relato de Mateo (20,20-28) que piden sentarse en el Reino, en Marcos piden sentarse a la gloria. La apocalíptica puede ayudar a ver cómo van ligados mesianismo, trono y gloria. En el primer libro de Henoc se dice: "El Señor de los Espíritus puso al Elegido sobre el trono de su gloria y juzgará todas las acciones de los santos en lo más alto del cielo; con balanzas serán pesadas sus acciones "(1 Henoc 49,1-4). Pueden ayudar a la comprensión de nuestro texto los pasajes de Mt 19,28 y Lc 22,30 donde Jesús promete a su seguidores sentarse en doce tronos y juzgar a las doce tribus de Israel.

Sentarse a la derecha y a la izquierda del trono del rey implica un trato de tú a tú con el poder, compartir las decisiones, estar en una situación de prestigio incomparable. Los grandes mandatarios tenían junto al trono los asesores de más confianza y también en la mesa, los que estaban sentados a un lado y al otro del rey eran los que gozaban de una situación más privilegiada. Esto es lo que quieren Santiago y Juan y como sólo hay lugar para dos dejan al margen a Pedro, el otro componente de la troika que está con Jesús en momentos singulares: son llamados con Pedro y Andrés al margen del resto (1, 19), entran en la casa de la suegra de Pedro (1,29) y en la casa de Jairo (5,37), presentes en la Transfiguración (9,2). Quizás son estas situaciones las que han llevado Santiago y Juan a pensar que son merecedores de una situación de privilegio. Ellos no quieren reinar para oprimir, seguramente quieren hacer el bien pero Jesús se opone a cualquier tipo de poder. La crítica que hace de él es demoledora. Los gobernantes de las naciones las dominan como señores absolutos (V.42). Jesús tiene tan claro la renuncia al poder que considera que él no lo  tiene para poder conceder a los Zebedeos lo que piden, lo deja en manos de Dios.

Lo que Jesús puede aportar es la propia experiencia, sobre todo la que sucederá. Lo hace con los símbolos del agua y el bautismo. El cáliz era el recipiente donde se depositaban piedrecitas, palitos o cuerdas para hacer un sorteo. Cáliz, pues, va ligado con suerte, destino, futuro, a menudo en carácter negativo. El profeta Jeremías, por ejemplo, hace beber vino de una copa a las naciones que sufrirán el castigo del Señor (Jr 25,15-29). En Getsemaní, la copa indica que el destino de Jesús es su muerte (Mc 14,35).

El bautismo es un ritual simbólico donde la inmersión en el agua indica la muerte de una situación antigua y el nacimiento a una de nueva. Ritual simbólico, pues, relacionado con la muerte. Cáliz y bautismo indicativos, pues, del futuro de Jesús: su muerte.

Cuando Marcos escribe la muerte de Jaime ya se había producido, por eso puede decir que los Zebedeos están dispuestos a compartir el destino de Jesús. La muerte de Jesús, entendida a la luz de los textos del sirviente del Señor (Is 53,10-12) es un servicio. El servicio se contrapone al poder y al dominio de las naciones. Compartir el destino de Jesús no será por tanto sentarse a la derecha y a la izquierda, sino ejercer el servicio incluso cuando el servicio consiste en dar la vida por los demás.

Domingo 29 durante el año. 21 de Octubre de 2018