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Las tres cartas pastorales: 1 y 2 Timoteo y Tito se añadieron a una colección que ya existía compuesta por las 7 cartas auténticas de Pablo (Romanos, 1 y 2 Corintios, Filipenses, Gálatas, 1 Tesalonicenses y Filemón) más la terna de 2 Tesalonicenses, Efesios y Colosenses. Reciben el nombre de pastorales porque se dirigen a dos pastores significativos de las primeras comunidades cristianas y también porque tratan de la organización y la vida de estas comunidades. Este domingo leemos en la segunda lectura un fragmento de la primera carta a Timoteo (1,12-17).

Pablo es un personaje decisivo en cuanto a la creación de comunidades y proclamación del mensaje de Jesús en los primeros tiempos del cristianismo. Timoteo es un colaborador de Pablo y representante suyo en las misiones de Tesalónica (1 Ts 3,2) Corinto (1 Cor 4,17; 16,10) y probablemente también de Filipos (2,14-23). Lo encontramos junto a Pablo en el encarcelamiento de Efeso (Flm 1) y en Corinto. Su nombre aparece en cuatro de las cartas auténticas (2 Co 1,1; Flp 1,1; 1 Ts 1,1; Flm 1) y aparece también en el libro del Hechos de los Apóstoles (17,14-15; 18,5 ; 19,22; 20,4). Pero ni este Pablo escribe las cartas apostólicas, ni este Timoteo es aquel a quien van dirigidas. Pablo y Timoteo, redactor y destinatario, dos nombres de prestigio de los que el autor de pastorales se ha valido, para dotar de relevancia unos escritos a fin de que las comunidades se los tomen con seriedad.

Una de las grandes preocupaciones del autor de las pastorales es combatir y eliminar la herejía que ha brotado en el seno de las comunidades. No es fácil delimitar cuál es la herejía concreta; esto ha sido objeto de debate entre los comentaristas. Lo que está claro es que se ha introducido en la comunidad y muy probablemente por miembros integrados en la misma; en todo caso, nuevas aportaciones venidas de fuera la habrían reforzado.

Para hacerle frente lo mejor es remitirse a los orígenes y para ello no hay nada mejor que recurrir a la enseñanza y al ejemplo de Pablo. El texto que leemos hoy presenta a Pablo como un modelo, contrapuesto a los que se oponen a la sana doctrina (1,10). La tarea de erradicar la herejía y la organización interna de las comunidades se consigue mirando a los orígenes, por ello se invoca a la autoridad de Pablo. Esto es así porque las comunidades a las que se dirigen estas cartas se encuentran en el ámbito misionero de Pablo y sus discípulos. Es curioso que no aparece el nombre de ningún otro de los apóstoles. La fundamentación del carácter apostólico de estas comunidades está basado únicamente en Pablo. La continuidad se asegura con la referencia a su enseñanza, a su persona. A Pablo se le llama apóstol y maestro (1 Tm 2,7). Su autoridad es indiscutible, como indiscutible es el valor del Evangelio predicado por él.

Los correligionarios de Pablo habían tratado Jesús de blasfemo (Mt 26,65). Ahora el autor de 1 Tm hace que Pablo se autoacuse de blasfemo. La blasfemia, según el libro del Levítico (24), merecía la pena de muerte. La inculpación de Pablo, a pesar de su brevedad, tiene un dramatismo impactante si se compara con las otras referencias a su conversión (Hch 9,1-19; Gl 1,13-17 y Fl 3,4-8). No es descabellado pensar que el autor de la carta quiere equiparar la herejía con la blasfemia. Los herejes son unos blasfemos. Pablo ha experimentado el gran amor de Dios (misericordia, paciencia) porque merecedor de muerte, vive para predicar el evangelio. Si para él ha sido posible la transformación, también es posible que todo pecador, todo hereje, todo blasfemo repita la experiencia de Pablo y se deje abrazar por la misericordia y la paciencia de Dios.

Domingo 24 durante el año. 11 de Septiembre de 2016