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Comentario al evangelio del domingo de Resurrección.

El último de los discursos de Pedro que contienen el anuncio fundamental de la fe cristiana: “Jesús murió en la cruz y Dios lo ha resucitado otorgándonos con esto la salvación” y que se encuentra en el capítulo 10 del libro de los Hechos de los apóstoles (He 10,34a.37-43) lo leemos a la primera lectura del domingo de Resurrección, eso sí sin la narración de los hechos que preceden el discurso, ni tampoco de los que acontecen desprendido del discurso.

Tal como lo presenta la liturgia el texto empieza con la mención del Bautismo de Jesús por parte de Juan. El Bautismo es la entronización mesiánica de Jesús (Lc 3,21-22). El Espíritu baja encima de Él mientras la voz de Dios que viene del cielo proclama. “Tú eres mi Hijo, mi amado, en tú me he complacido” Desde aquel momento, Jesús empieza su ministerio (Lc 3,23) y queda lleno del Espíritu Santo (Lc 4,1). Con todo será en la sinagoga de Nazaret que Jesús explicitará lo que supone que el Espíritu de Señor repose en Él. (Lc 4,16-22). La profecía de Isaías 61,1-2 se ha cumplido en Él. Dios acredita lo que será la actuación de Jesús.

Una afirmación importante: “Dios era con él”. Esta expresión la encontramos aplicada a varios personajes significativos del Antiguo Testamento: Sin la pretensión de ser exhaustivos: José Gn 39,2; Abraham Gn 26,3; Moisés Ex 4,12; Josué 1,5; Guedeón 6,16; David 1 Su 18,12; Salomón 1 Re 11,38; Jeremías 1,8. En el Nuevo Testamento encontramos esta expresión aplicada Maria: “Dios té salve llena de la gracia del Señor, Él está contigo” (Lc 2,29) y es presencia promesa a los discípulos: “Yo estoy con vosotros día trás día hasta el fin del mundo”. Dios promete su presencia, su apoyo, su aval a personajes que él ha escogido para llevar a cabo misiones importantes.

En el texto que nos ocupa la expresión tiene una fuerza singular. “Dios era con él” echa en cara las burlas que quienes crucificaron a Jesús le dirigían cuando estaba clavado a la cruz: “Que se salve a sí mismo si es el Mesías de Dios, el Elegido”. El mesianismo de Jesús que ha sido cuestionado, queda ahora reivindicado por el don del Espíritu otorgado desde el Bautismo, por el aval de Dios que era con Él y por lo que se afirmará a continuación, la resurrección.

En el discurso Pedro proclama que “Dios lo resucitó al tercer día”. En muchos pasajes del Nuevo Testamento, sobre todo en escritos de Pablo, queda muy claro que Dios Padre ha resucitado a Jesús de entre los muertos; a modo de ejemplo 1 Te 1,10; 1 Co 6,14; Gal 1,1. La tradición más antigua atribuye la obra de la resurrección al Padre. El verbo usado en los relatos evangélicos es “êgerthe” (Mc 16,6; Mt 28,6.7; Lc 24,6.34) que se traduce normalmente por “fue resucitado”. Con todo esta forma pasiva se puede traducir en sentido activo “resucitó”. Esta traducción traslada la acción de la resurrección a Jesús y es  la traducción habitual que se ha ido usado en las biblias católicas porque St. Jerónimo, al hacer la traducción del griego al latín (la Vulgata), tradujo “êgerthe” por “surrexit” en forma activa y es la forma que ha perdurado en las recitaciones litúrgicas del credo. Con todo, la traducción “fue resucitado” está más de acuerdo con la mentalidad teológica primitiva. En el evangelio de Juan la teología experimenta un desarrollo hasta el punto que Jesús y el Padre actúan con el mismo poder divino (10,30) y por tanto se puede decir que Jesús resucitó por su propio poder (10,17-18).

Posiblemente muchos lectores de nuevo Testamento se habrán preguntado por qué Jesús, una vez resucitado, no se apareció a Pilatos o a los grandes sacerdotes para echarles en cara que su proyecto de eliminarlo ha sido un fracaso total. Contra la pretensión de verlo muerto, ahora él está vivo. Pedro en su discurso dice que los testigos habían sido escogidos por Dios y que el pueblo en general (autoridades incluidas) no era destinatario de las apariciones. Ser testigo formaba parte del plan de Dios que se hace evidente cuando Jesús dice a los apóstoles que recibirán la fuerza del Espíritu Santo que les hará testigos (Lc 24,48). Ser testigo es un don de Dios que va acompañado de la fe y de una intimidad con Jesús simbolizada por el hecho de comer juntos.

Domingo de Resurrección. 5 de Abril de 2026

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