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Dario E. Viganò es el clásico sacerdote milanés ilustrado. Una gran preparación intelectual, educación extrema, y ​​con una buena presencia y oratoria en los medios de comunicación. Llegó al Vaticano en la época del Papa como director del Centro Televisivo por sus reconocidos conocimientos del mundo de la imagen y del cine, que siempre aprovechó en su vocación pastoral y comunicativa. Era casi extasiante verlo relatar como concibió la emisión de la despedida de Benedicto XVI con el helicóptero sobrevolando Roma. Lo que fue la primera imagen audiovisual, global e icónica de la renuncia de un papa.

El papa Francisco, después de varias comisiones fallidas, encargó a un pequeño núcleo de confianza la reforma efectiva (no cosmética) del sistema de comunicación del Vaticano. Puso a Viganò como uno de suyos y finalmente, en junio de 2015, le encargó liderar esta reforma como prefecto de la nueva Secretaría de la Comunicación.

Un reto titánico. Por primera vez todos los departamentos y medios de difusión del Vaticano quedaban reunidos bajo un solo organismo: Radio Vaticana, L'Osservatore Romano, el Centro Televisivo, las diversas webs informativas y canales digitales, la Tipografía Vaticana ... La idea de fondo es que el mensaje es uno, que se expresa en plataformas i formatos diferentes. No diversas plataformas que expresan varios mensajes.

El concepto puede parecer muy centralizador pero responde a una forma moderna de comunicación en la que primero se define el mensaje y después se le da forma de acuerdo con las necesidades de cada canal. No al revés. Desde diciembre del año pasado, este sistema ya había empezado a funcionar de manera efectiva con una especie de consejo editorial permanente que marcaba los mensajes informativos del día.

El problema de toda reforma son las resistencias. Y es más fácil cambiar estructuras que mentalidades. Pero en el caso de Viganò el problema es que su reforma también ha tocado estructuras vetustas muy acostumbradas a hacer las cosas a su manera y sin tener que dar explicaciones a nadie. Más de 700 personas han visto que se podía mover su silla. En realidad, el primer problema que tuvo fue averiguar cuánta gente trabajaba en los organismos de comunicación del Vaticano y saber qué trabajo hacían, si hacían alguno. Algunos de estos organismos, eran verdaderos agujeros negros. Seguramente se ha tenido que pisar demasiado callos.

Este miércoles se ha conocido la renuncia de Vigano. Y, como marca de continuidad, el nombramineto como substituto del segundo de la Secretaria, Lucio Ruíz.  El desencadenante ha sido una mala gestión informativa de la publicación de una carta del papa emérito sobre un compendio de la teología del papa Francisco. La difusión inicial de sólo un fragmento de la carta ha dado a entender que se quería oculta una crítica de Ratzinger sobre la teología de Bergoglio. No era así, pero lo pareció y Viganò ha sufrido el mal de la mujer del César.

Pero si Viganò ha tenido que dimitir es porque durante diez días este error se ha magnificado obsesivamente desde toda la orbi digital integrista. Quienes tenían ganas a Viganò han ido alimentando la fiera. Una bestia ahora reducida y herida pero muy articulada y que sabe jugar muy bien con la influencia que tienen en la generación del relato los medios digitales. Y Viganò no era lo suficientemente fuerte ni suficientemente insensato para resistir numantinamente y terminar perjudicando su propia reforma, la reforma de Francisco. Una renuncia que el Papa ha aceptado, "no sin esfuerzo". Y así, Viganò se ha convertido en el primer mártir de la reforma.