Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

Per saber-ne més

Enllaços relacionats

Me van a perdonar porque me repetiré. Lo mismo que dije hace tres años. Pero con la diferencia que ya ha llegado una de las fechas marcadas. En 2019 debería ser el año del relevo del arzobispo de Tarragona. El 8 de febrero Jaume Pujol cumple los 75 años y debe presentar la preceptiva renuncia, después de quince años como arzobispo metropolitano y primado.

Pero además, esta jubilación abre la puerta a una renovación del episcopado catalán a pocos años vista. Al obispo de Girona, Francesc Pardo, le tocará jubilarse dentro de dos años, en 2021. El mismo año en el que debería finalizar el mandato de cardenal Juan José Omella en Barcelona, ​​aunque si no hay un giro copernicano en el Vaticano es previsible que se alargue un par de años. El 2022, le toca al obispo de Sant Feliu, Agustí Cortés. El 2023, a Salvador Giménez de Lleida. Y el 2024 al arzobispo Joan-Enric Vives, obispo de Urgell (y copríncipe de Andorra, un relevo de alta complejidad y que tiene un calendario propio).

A cinco años vista, antes de que termine la Sagrada Familia, se espera el relevo en seis de diez obispados catalanes, y alguno más si hay un traslado de una diócesis a otra. 

 

Decíamos hace tres años que estadísticamente hablando el próximo arzobispo de Barcelona debería ser Josep Ángel Sáiz, o Romà Casanova o Enrique Benavent. Y, sino, que lo serían de Tarragona. Son los tres obispos de Cataluña que cuando llegan estos cambios tienen la edad y la trayectoria habitual para acceder a las dos capitales eclesiásticas catalanas, con unos diez o quince años de mandato por delante. Por circunstancias, quizás Benavent es el más candidato.

Lo que ha cambiado respecto hace tres años es que ahora afortunadamente hay dos obispos auxiliares más, Sergi Gordo y Toni Vadell, que serán un buena cantera para los futuros nombramientos episcopales. Pero en principio, son candidatos para un recorrido posterior. Aunque los caminos de los nombramientos episcopales son inescrutables. Junto con la incógnita del obispo Xavier Novell y el mismo futuro de la pequeña diócesis de Solsona y el perfectible mapa eclesiástico de las tierras de poniente.

No vayamos pues tant lejos. Ahora toca el relevo de Tarragona. Todo el mundo dice que es muy importante. Primero, por la propia diócesis, obviamente. Segundo, por la primacía sobre la buena parte de los obispados catalanes, que con el ordenamiento canónico actual hoy és más simbólica que efectiva pero significativa. Y, tercero, por la presidencia de la Conferencia Episcopal Tarraconense, el organismo que agrupa a los diez obispados con sede en Cataluña.

Eclesiásticamente, Tarragona siempre ha sido a contrapeso en Barcelona. En determinados momentos esto ha comportado fricciones entre los dos arzobispos. Pero también ha permitido hacer equilibrios de esos que sólo sabe hacer la Iglesia. Y lo que quizás no decía el arzobispo de Barcelona, ​​lo podía decir el de Tarragona, y al revés.

Pero aún más relevante. Aunque cada obispo es el dueño en su casa, para el trabajo conjunto de los obispados catalanes es determinante el trípode que forman el presidente de la Conferencia Episcopal Tarraconense, el arzobispo de Tarragona; el vicepresidente, el arzobispo de Barcelona; y el secretario, actualmente el arzobispo Vives. El aterrizaje de Omella en Cataluña no habría sido el mismo sin el acompañamiento de Pujol y Vives.

Por eso Tarragona es muy importante. Porque marca el perfil -o la ausencia de perfil- de la Iglesia en Cataluña. Sobre todo si el perfil en las demás diócesis es más desdibujado. Sólo cambiando Tarragona, hoy se puede dar un vuelco al perfil propio de la Iglesia en Cataluña.

No haremos predicciones episcopales condenadas al fracaso. Las dejamos para el cardenal Omella, que se sienta en la mesa de la plenaria de la Congregación para los Obispos donde se cuecen estos nombramientos. Pero las predicciones que han comenzado a circular no anuncian nada bueno. Excepto si se pretende que el episcopado en Cataluña se parezca cada vez menos a la Iglesia en Cataluña. Y si necesitamos volver a explicar que quería decir aquello de queremos obispos catalanes, que nunca ha sido un tema de raza o de color de la piel o de lugar de nacimiento, sino de conocimiento y aprecio de la realidad y la tradición eclesial que se quiere pastorear. Y más, cuando hablamos del arzobispo de Tarragona, que es muy importante.