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Ya me perdonarán porque quizás este artículo me la tendré que comer con patatas, pero la corriente mayoritaria da por hecha la sucesión en Barcelona. Y la da por hecha posiblemente con Joan-Enric Vives o con Sebastià Taltavull. Que ya no hay más partida. Y que esto se acaba, como mucho, durante el mes de María.

Sin datos empíricos en este momento ya está muy extendida esta percepción. El cardenal Lluís Martínez Sistach cumple los 78 años el próximo 29 de abril, tiempo razonable para un retiro honorable, y el panorama político y social del país no justifica más demora que con este argumento podría ser eterna.

Pero esta percepción tiene varios factores añadidos. Uno de los más relevantes, a parte de los gestos que se puedan intepretar en la relación personal, es la entrevista que le hicieron en TV3 justo antes de Semana Santa, que terminó un poco tapada al coincidir con la tragedia aérea de los Alpes. Y no es relevante por lo que dice sobre la sucesión. Es bastante razonable decir cosas como que "el nombramiento de un obispo siempre tiene que tener una buena recepción, tiene que ir a dónde sea bien recibido"; que "debe conocer la lengua de los fieles"; que además de la lengua "debe entender la psicología, la forma de ser, la historia..." y más en una diócesis "muy compleja" como Barcelona.

Según los sistachólogos, la entrevista es relevante porque por primera vez el cardenal habla abiertamente y sin incomodidades de su sucesión. Un tema tabú hasta ahora. Y sobre todo porque entra en detalles que no concretaría si no tuviera muy claro como irán las cosas. Esta es la novedad. Más aún siendo un experto en marear la perdiz cuando conviene.

Y el perfil que dibuja y que sea de su gusto es Vives y Taltavull: nacido o no en Cataluña que conozca bien la realidad del país y "que cuando llegue a la diócesis debe  poder hacer pastor inmediatamente". Si la candidatura de Omella aún estuviera en circulación, no lo habría dicho, para después no tener que justificar lo contrario y tener que decir que ha sido una buena elección para Barcelona escoger a alguien foraneo. Quiere decir que sabe algo más.

En general se da por más seguro el nombre de Vives. En parte porque seguiría una lógica de promoción episcopal, y en parte porque la piedra que siempre tenía en el zapato para venir a Barcelona ahora se ha hecho más pequeña: este sería un momento adecuado para cambiar el copríncipe de Andorra. Quedan cuatro años para las elecciones, la mayoría de centroderecha es sólida, y durante este tiempo no se pondrán sobre la mesa los temas que pueden abrir una crisis institucional con la Iglesia como el aborto o el matrimonio del mismo sexo. Más aún cuando la Santa Sede dejó bien claro a Andorra que tenían que elegir: o aborto o quedarse sin copríncipe episcopal. Que las dos cosas a la vez no eran posible. Y que no habría una solución balduina de fingir que no había pasado nada y dejar que un cambio legal en esta dirección fuera aprobada sólo por el copríncipe francés mientras el obispo de Urgell dice que llueve. Por lo tanto, la estabilidad parlamentaria de Andorra favorece que se pueda hacer un relevo pausado en Urgell y mientras los andorranos prefieran tener un copríncipe en Urgell y no en Madrid, no querrán romper nada.

Por otra parte, también sigue teniendo números Taltavull. Sobre todo porque se lo ha ganado entre la gente de la diócesis. El salto de auxiliar a ordinario de la misma diócesis no es habitual, pero finalmente es lo mismo que le pasó al papa Francisco en Buenos Aires. Por lo tanto, no lo vería extraño.

Si se confirma uno de los dos nombres, sería la primera vez desde el Vaticano II que un arzobispo de Barcelona está satisfecho con la elección de su sucesor. Ni don Marcelo, ni Jubany, ni Carles, pueden decirlo. Con esto, el cardenal Sistach también podría pasar a la historia.