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Me van a perdonar pero siempre tengo que hablar de la Sagrada Familia desde un punto de vista más bien sentimental. Como otros barceloneses tengo el recuerdo de mi abuelo diciéndome que él no la vería terminada, pero yo sí. Lo que te dicen con ese tono de no te dejaremos una fortuna familiar, pero te dejamos un legado colectivo. Más o menos de misa, muchos barceloneses y catalanes creo que comparten una relación sentimental de una obra colectiva, aunque jurídicamente dependa de una fundación canónica sin ánimo de lucro.

En realidad, todos los templos siempre han tenido esta dimensión. Desde las ermitas románicas del Pirineo. Aunque no sean de titularidad municipal la gente siente que son de todo el pueblo. También porque a diferencia de un hotel o de cualquier otra construcción privada, son edificios abiertos a todos.

En los últimos años a esto se le ha sumado el hecho de que la basílica que concibió Antoni Gaudí se ha convertido en el edificio más importante de Barcelona, por las visitas que atrae y por su proyección internacional. Esto no es nuevo y ya de pequeño recuerdo souvenirs de la Sagrada Familia, pero los últimos años se ha multiplicado.

Por ello, descolocan cíclicamente algunos debates. Quizás el que menos, el de la valoración artística de la obra. O el ya legendario tema de la continuidad de las obras. Un debate que los hechos ya lo han situado al mismo nivel histórico que los diálogos cristianomarxistes de los años 60 y 70. Son muy interesantes, pero hoy ya no tienen ningún recorrido. Sobre el tema artístico, recordemos que en su tiempo la Torre Eiffel fue tachada, entre otros, de "trágico farola de calle", expresión más ingeniosa que la de "Mona de Pascua".

Pero hay otros debates que han generado más revuelo cuando se ha visto que el proyecto de la Sagrada Familia se convertía en un éxito. Obviamente es un problema la presión que ejerce sobre el entorno. Pero hablaré de esto el día que cuando los vecinos que alquilan o venden su piso dejen de recargar un 20 o un 30% al precio fijado por el solo hecho de poner en el anuncio "Zona: Sagrada Familia". Sólo hay que apuntar que, en cualquier caso, no es un problema de la Sagrada Familia, es un problema del modelo turístico de la ciudad. La Iglesia es culpable de muchas cosas, pero de esta, no. Como mucho, es culpable de hacer edificios que la gente quiere ver.

Tampoco es culpa de la Sagrada Familia que se construyeran pisos en una zona urbanísticamente afectada, en la manzana de la calle Mallorca donde siempre ha estado prevista una escalinata. O que un entorno por donde al menos pasan cuatro millones de personas al año se tenga que volver a pensar desde el punto de vista urbanístico, sobre todo, en beneficio de los vecinos.

Todo ello, en primera instancia, es una responsabilidad del Ayuntamiento. Y aunque quisiera hacer desaparecer el templo, el hecho es que existe y hay gente que quiere ir, como ocurre con el Campo del Barça o con la Playa de la Barceloneta.

Y ahora, se ha sumado el debate de los impuestos y de las licencias. Esto si que és un festival. Como si hubiera alguna manera de ocultar lo que estaba haciendo, como aquel que comunica obras menores para hacer la cocina nueva y acaba reformando el edificio entero. En este caso, habría que volver la vista hacia la incompetencia municipal (cien años de silencio administrativo decía este martes Joan Rigol), y no hacia la Iglesia.

Sobre el dinero, la mejor respuesta está en la sabiduría popular habitual de las cartas en La Vanguardia. Este martes un lector pregunta porque se acusa a la Sagrada Familia de no pagar impuestos y, al mismo, pasa con total normalidad que las obras de Glòries nos costarán 18 millones de euros más a todos los ciudadanos por un error en la planificación. Y más, cuando la Sagrada Familia, no ha costado nunca un céntimo la administración y ha generado un movimiento económico de proporciones monumentales. Y añado, el donativo de un millón de euros que la Junta Constructora hizo a Cáritas cuando se lo pidieron, que no es el único que ha hecho.

Francamente, todo este debate sólo se entiende desde el desconocimiento. Como si alguien pensara que la Sagrada Familia es la obra de un conjunto de beatas con mantilla que sólo salen de casa para ir misa y que se pasan el día expiando los pecados que creen que han cometido los demás.

Y desde unas ciertas ganas de autoflagelarse. Si los americanos pudieran comprar la Sagrada Familia, como hicieron con las tumbas góticas del Monasterio de la Avellanas para exponerlas en Nueva York, seguro que lo harían. Bueno, quizás ahora lo haría el emir de Qatar.

Y desde la incomunicación. El lunes el Patronato explicó que habían solicitado una reunión en el Ayuntamiento para "establecer diálogo con los responsables municipales". Pero, ¿que no existia? Una de las primeras cosas que debería hacer un gobierno municipal, cuando hay un cambio en la alcaldía, es una visita a la Sagrada Familia y ver cómo puede colaborar en uno de los proyectos más importantes que se realizan en la ciudad. Y si hay algo que no funciona o que hay que se debe solucionar, no esperar a ponerse manos a la obra haciendo de Robin Hood cuando sale en los periódicos.

Y, también por algunos sectores, desde una cierta alergia cutánea a un icono religioso. Parece que haya un interés en presentar la Sagrada Familia como culpable. Y no será por hacerla más expiatoria. La Sagrada Familia no es un problema, es uno de los activos más importantes de la ciudad. En cambio, estos días le toca recibir la tortas a la Sagrada Familia, que sale gratis.