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Me van a perdonar pero creo que es la primera vez en la historia que L'Osservatore Romano dedica toda la semana un titular destacado de portada en Cataluña. El periódico nació para defender a través de la opinión publicada la soberanía de los Estados Pontificios a mediados del siglo XIX. Hoy es el organismo de comunicación de la Santa Sede que también utiliza para pronunciarse de manera oficiosa. Secretaría de Estado está especialmente atento para modular las informaciones que consideran más sensibles.

Hasta ahora, L'Osservatore había hecho un caso relativo al tema catalán. Algunas noticias no muy extensas y enfocadas desde el relato estatal. Y ninguna simpatía. Esta semana esto ha cambiado en parte. Las informaciones publicadas no son las de un redactor de El Punt Avui pero tampoco de La Razón. Sólo la edición semanal en lengua española ha mostrado una inclinación hacia las tesis antiindependentistas.

Obviamente la Santa Sede no tiene ningún interés en la independencia de Cataluña, ni tampoco en provocar una crisis con el Reino de España. Pero desde el principio de este proceso tampoco ha sido el altavoz de la Moncloa, a pesar de la ofensiva por tierra, mar y aire desde la embajada española ante la Santa Sede.

La única cosa que sabemos que piensa la Santa Sede es lo que el gobierno español dice que piensa la Santa Sede, que por ahora no ha dicho nada. Ya lo hizo Soraya Sáenz de Santamaría este junio y ahora lo ha vuelto a hacer el embajador: salir de una reunión en Secretaría de Estado explicando que piensa Secretaría de Estado e intentar que la prensa diera por buena esta versión ante el silencio de Secretaría de Estado.

De estos días no hay ningún pronunciamiento oficial del Vaticano. Y, hasta ahora, cuando ha habido alguna intervención sobre el tema del papa Francisco o del Secretario de Estado, Pietro Parolin, se ha movido en el terreno de plantear interrogantes y de la prudencia.

Esta semana las portadas de L'Osservatore han acentuado el discurso de la necesidad de diálogo después del salto cualitativo que ha representado la entrada de la violencia policial en el proceso y su aceleración. Especialmente el lunes, el titular informativo era un editorial: "Appell al dialogo in Catalogna". Concepto que repetía martes. Y el miércoles explicaba como el discurso de Felipe VI olvidaba las víctimas de la policía mientras el presidente Puigdemont pedía una mediación internacional.

No es casual que paralelamente ya hace unos días la cúpula del episcopado español y catalán se hayan conjurado en la misma dirección. El cardenal Carlos Osoro y el cardenal Juan José Omella van a la una junto con el cardenal Ricardo Blázquez y han conseguido arrastrar a los organismos que representan el episcopado catalán y español hacia este terreno. El del diálogo.

En este momento la Iglesia católica es una de las pocas instituciones que mantienen un puente abierto de comunicación entre Barcelona y Madrid, y con el apoyo de un organismo internacional bien relevante como es la Santa Sede. Esta creo que es la foto.

La clave que sostiene este puente es el diálogo. Algunos obispos de la vieja guardia se han alineado con la prensa española que quiere dinamitarlo. La unidad de España como bien moral. Pero desde Cataluña el arzobispo Jaume Pujol y Joan-Enric Vives intentan apuntalarlo. Este domingo mismo el presidente de la Conferencia Episcopal Tarraconense lo hacía desde La Vanguardia. Abades y abadesas apuntanconjuntamente hacia la misma dirección. La violencia no es el camino.

 

Contando votos soberanistas

En Cataluña hay otro movimiento que puede parecer contradictorio con esta postura. Yo creo que no. Se mueve en planos diferentes. Una parte significativa del clero ha apoyado las reivindicaciones soberanistas. Unos pronunciamientos que a buena parte de los obispos no les han gustado, como tampoco entusiasma el apoyo explícito del obispo Xavier Novell al 1 de octubre.

No es contradictorio por dos motivos.

Primero. Creo que ninguno de los sectores eclesiales más afines soberanismo se opondría a la solución dialogada. Al contrario, muchos están trabajando para favorecer esta salida. Sin que ello signifique renunciar a ningún principio sobre el reconocimiento de la "realidad nacional" que recoge Raíces Cristianas de Cataluña.

Hay que recordar que, salvo algunos casos más exaltados, los posicionamientos eclesiásticos siempre han estado a favor de ejercer la soberanía de Cataluña interpretando que se deriva de la Doctrina Social de la Iglesia. Lo que se ha convenido en llamar Derecho a decidir. Nunca se ha dicho que la Iglesia tenga que estar a favor o en contra de la independencia. Posición que no excluye para nada el diálogo, que es la demanda que ahora la Iglesia acentúa y debe acentuar.

Y, en segundo lugar, creo que el apoyo de sacerdotes o religiosos hacia algunos pasos del movimiento soberanista tampoco se contradice con el diálogo. Se enmarca en la proximidad a la gente. A vivir entre la gente. Lo mismo ha ocurrido con las congregaciones religiosas que abrieron sus escuelas el 1 de octubre.

Siempre hay excesos en momentos polarizados y quién no sabe mantener el tono. Pero seguro que no es el mismo el papel que se espera de un cura de una comunidad en la periferia de Barcelona donde quizás se debe dedicar más a establecer puentes, que el de un pueblecito de Solsona que no puede alienarse de lo que vive su gente.  El Reino también es de este mundo. Ni se puede ser neutral cuando la policía entra reventando puertas en los Escolapios de Sant Antoni o apalea a los hacían cola ante los Jesuitas de Sant Gervasi o de las Domincas de Fedac-Horta.

También hay que decir que la mayoría de obispos catalanes han sido bastante comprensivos con estas posiciones cuando las decisiones se han tomado en conciencia. Un principio que también cita el arzobispo Jaume Pujol cuando pide más prudencia a su clero.

El ejemplo más claro de esto es el rector de Vila-rodona. Una imagen singular que ha dado la vuelta al mundo, con el pueblo contado votos dentro del templo y cantando El Virolai. Se le ha acusado de hacer política. Creo que no es exactamente eso.

En Vila-rodona votaron 622 personas de un censo de 868. Un 71% del censo. El mismo porcentaje que en las últimas elecciones catalanas. Es decir, todo el pueblo. A las ocho de la tarde, como en toda Cataluña, Vila-rodona empezaba a contar votos con el temor de la llegada de una violenta carga policial como las que ya habían visto a otras pequeñas poblaciones de Cataluña. La Iglesia les pareció que era el lugar donde estarían más protegidos de esta amenaza. El cura debía dejarlos en la calle?

Por primera vez el domingo pasado experimenté lo que era pasar miedo ante un colegio electoral. Experimentar lo que era tener miedo de la policía. Imagino la sensación en un pequeño pueblo más desprotegido. Por eso creo que hizo bien el cura de abrir las puertas del templo y disponerlo todo para simular que estaba haciendo misa si llegaba una brigada de antidisturbios en el pueblo. Por cierto: simular. No se hizo ningún acto litúrgico durante el recuento. La gente lo seguía desde los bancos respetuosamente y el cura tuvo la buena idea de animar el canto para relajar el ambiente.

Repito, los que estábamos en un colegio electoral sabemos que fue un momento tan festivo como tenso. Una tensión que no se olvida y que todavía cuesta de gestionar emocionalmente.

Que la iglesia de un pueblo como Vila-redonda o un escuela cristiana cobijaran ese momento fue una buena opción. Demuestra este doble compromiso. Estar al lado de la gente que se moviliza por unos derechos no es abandonar los que legítimamente defienden otra opción política y, sobre todo, no se contradice com el pleno convencimiento de que el diálogo es la única solución. Falta que todas las partes se quieran poner; sólo es eso lo que pide L'Osservatore Romano.