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Ya me perdonarán que empiece por la anécdota. Este sábado, en una de las preguntas que le han hecho al cardenal Luis Antonio Tagle en el acto en el auditorio de Fòrum de Barcelona, ​​ha respondido explicando lo que le ocurrió con el coche en las afueras de Manila. El coche se detuvo en un semáforo y de repente fue rodeado por una nube de vendedores de los objetos y alimentos más diversos. El conductor, con los cristales bajados, los asustaba diciendo que no les comprarían nada. Cuando el grupo desistió y asaltó otro coche, uno de los vendedores ambulantes volvió atrás. Por la ventana les iba mostrando con insistencia unas galletas en forma de barquillo. Finalmente, el conductor bajó la ventanilla para disuadirle de forma más contundente. "No, no... es un regalo para el cardenal Tagle", les dijo el vendedor. Ha sido el minuto de oro de la conferencia y a Tagle, como es habitual en él, se le ha roto la voz recordándolo: "Fue él quien me llevó a mí el regalo del Evangelio". Por eso, ha añadido, el papa Francisco nos envía a las fronteras, a las periferias. Porque es donde nos viene a encontrar el Evangelio, no donde vamos a imponerlo.

El relato muestra la manera de explicarse del cardenal Tagle y porqué allí donde va, triunfa. Su intervención ha estado repleta de recursos para captar la atención, subrayar los puntos importantes de su mensaje y hacerse entender a pesar de un dominio limitado del castellano. No le ha costado mucho ponerse ya de entrada a la gente en el bolsillo lamentando que no podía dar la conferencia en catalán.

Y, siempre, siempre, con una sonrisa. Esa sonrisa pausada que se hace cerrando los ojos y que transmite serenidad, más que falsa alegría.

Parte del interés en escuchar al cardenal Tagle estaba focalizado en que está en las listas de cardenales papables. Todos los cardenales lo son, pero Tagle es de los que más suena, sobre todo si la Iglesia quiere girar la mirada hacia la floreciente Asia. En este sentido, no ha decepcionado en absoluto.

No ha sido menos relevante como al final del acto ha sabido mezclarse con la gente y gestionando con calidez los apretones de manos o las selfie, hasta que se lo han tenido que llevar del auditorio. Si por él fuera, todavía estaría allí. Todo, pues, muy estilo papa Francisco.

En estos actos que se hacen ahora se prima mucho que sean amenos. Y está muy bien. Algo de música, el escenario bien montado, un presentador simpático, gente subiendo y bajando de la escena, mucha emotividad... Perfecto. Pero esto nos ha privado de una presentación más formal que nos ayudara a situar al personaje.

Después de ocho años como arzobispo de Manila, en 2019 Francisco llamó a Tagle a la curia romana como prefecto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. No era la primera responsabilidad que le daba proyección internacional. En 2015 ya fue elegido presidente de Caritas Internationalis. Dos elementos que ya le dan visibilidad por ser considerado papable.

Pero su trayectoria anterior tiene elementos eclesialmente muy relevantes que sitúan mejor al personaje más allá de las sonrisas y de que haga un programa en la televisión filipina. De entrada, su doctorado en la UCA, sobre un tema que a finales de los años 80 no estaba muy de moda y que es uno de los puntales del Concilio Vaticano II. Una tesis sobre la colegialidad episcopal (es decir, cómo funciona la Iglesia vista no como una pirámide sino como un conjunto de comunidades locales) y más concretamente cómo impulsó Pablo VI este aspecto en el Concilio.

Pero más interesante aún que un teólogo asiático se implicara en el equipo de redacción la gran “Historia del Vaticano II”, liderada por Melloni y Alberigo desde Bolonia. Una magna obra que siempre ha visto con grandes recelos por sectores restaurancionistas por considerarla demasiado progresista. Pero ha pasado a ser el referente imprescindible por su nivel teológico. Parece que en esta dimensión académica es la que hizo que el cardenal Josep Ratzinger se fijara en este pequeño teólogo filipino y aún en tiempos de Juan Pablo II lo promoviera primero como miembro de la Comisión Teológica Internacional y después, en 2001, como en obispo de Imus, al lado de Manila. Posteriormente, es ya el Papa Benedicto XVI quien lo nombra arzobispo de Manila y el 2012 lo crea cardenal.

Creo que es en este fondo más teológico, que posiblemente es el que impulsa su promoción eclesiástica, donde se encuentra el verdadero trasfondo del cardenal Tagle. También por eso su participación en los últimos sínodos internacionales no ha pasado desapercibida. Un obispo que bebe de la experiencia, del cristianismo en lugares de frontera y de evangelización, que ha tocado la austeridad y la pobreza, pero que además se arraiga en la historia de la Iglesia y en la profundidad de la teología que mira al mundo con esperanza (que es lo que hizo el Vaticano II). Una comprensión asiática y universal del Vaticano II. Lo que sabe es, además, vestirlo con palabras entendedoras y con una permanente sonrisa.

No porque lo escribamos todos lo harán Papa, pero al menos reconforta encontrar estos perfiles entre los mal apodados príncipes de la Iglesia.