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Me van a perdonar que coja directamente una cita de un libro de hace casi diez años para expresar una impresión sobre el relato de estos días coincidiendo con los 80 años del inicio de la Guerra Civil: "¿Por qué en libros dedicados a estudiar el proceso de la Guerra Civil en Cataluña sólo se hace referencia a la actitud de la Iglesia española en lugar de hablar de los esfuerzos a favor de la paz del clero catalán? ¿Por qué no se da la importancia que se merece al asesinato de más de 2.000 religiosos en seis meses? No es excesivo que un hecho de tanta gravedad haya sido calificado en algún caso de simple producto de "excesos" y de "arbitrariedades"?. Es lo que escribía Jordi Albertí al final de su libro El silencio de las campanas (La Iglesia en llamas en la version en castellana) que relata y enmarca el asesinato de 2.400 sacerdotes, religiosos y religiosas entre 1936 y 1939 en Cataluña.

Y añado una pregunta personal. ¿Por qué hasta mis casi cuarenta años nadie me había enseñado la foto de la parroquia de mi barrio convertida en un solar después de que en 1936 fuera quemada y derribados sus restos? No la vi hasta que en 2008 la publicó Josep Maria Martí Bonet en El martirio de los templos en la diócesis de Barcelona (1936-1939).

Lo que desencadenó la Guerra Civil fue un golpe de estado fascista, al que siguieron tres años de incivilidad, y cuarenta de represión -y asesinatos- que entre otros agentes sociales contó con la connivencia de buena parte (que no toda) de la Iglesia católica. Hasta aquí estamos plenamente de acuerdo. Y es lo que a la generación que ya hemos sido educados en la escuela democrática siempre se nos enseñó.

Pero durante los 40 años anteriores este relato fue incompleto y sólo se explicaba desde la visión de los vencedores. Y el relato de los vencedores incluía una exaltación de la "Cruzada" y el homenaje a los eclesiásticos asesinados. Olvidaba los represaliados, el exilio, o los crímenes de guerra del franquismo.

Pero han pasado 40 años más ya veces la impresión es que para compensar lo hemos hecho casi al revés. Estos días, en todo el relato sobre la Guerra Civil se remarca la ilegalidad del golpe militar y la brutal represión. Es justo que sea así y que este sea el relato de las instituciones democráticas. Pero, generalmente, cuando aparece el hecho religioso sólo se evoca el compromiso de la Iglesia con el franquismo pero se obvian los episodios de represión en el territorio republicano y la Iglesia fiel al orden democrático (y, dicho sea de paso, su trabajo posterior para la reconciliación y la recuperación catalanista y democrática).

En mi generación, en la escuela y en los documentales del Canal 33, nos han explicado del derecho y del revés la Guerra Civil. Lo sabemos todo de los bombardeos de la aviación italiana en Barcelona o de los fusilados en el campo de la Bota, pero nada de los 4.000 templos que fueron saqueados, quemados o derribados en Cataluña.

No se trata de juzgar todo el periodo republicano por estos hechos. Y menos aún de utilizarlos para justificar la actuación fascista. Pero creo que pasados ​​80 años se debería incorporar la represión y la persecución religiosa de 1936 en el relato público (común) de hechos. Asumiendo que también fueron parte de los 600.000 muertos que causó la Guerra Civil. Los eclesiásticos y católicos asesinados sólo por el hecho de serlo, no pueden formar parte sólo del relato de un bando.

Durante estos años la Iglesia, con su propios usos y costumbres, ha impulsado la beatificación de los que considera mártires. Unos procesos que fueron frenados durante el pontificado de Pablo VI por la dinámica posconciliar y por la apropiación que se hacía desde el franquismo. Pero desde los años 80 se han vuelto a activar y aún continúan su curso. Este mismo viernes, Urgell ha cerrado una causa de beatificación de 75 de los 111 sacerdotes que fueron asesinados en el obispado, un 20% de su clero. Y eso que en Urgell la proximidad con la frontera facilita que muchos salvaran la piel.

Pero las beatificaciones no dejan de ser un homenaje de una entidad privada, al que la Iglesia le da un sentido religioso y espiritual con la consideración de martirio. Por eso creo que no es suficiente. Es como si el presidente Companys sólo lo homenajearan los partidos de izquierdas porque era de los suyos, pero no se lo recordara desde las instituciones públicas como el único presidente democrático fusilado en Europa durante el periodo bélico que va de 1936 a 1945.

Los mártires catalanes de la Iglesia de 1936 también deberían ser considerados mártires civiles. De todos. De todos los inocentes que murieron en aquella confrontación. Incluso, inocentes o culpables, porque todos los muertos tenían madres y hermanos, fueran del bando que fueran. Y los que no tenían bando. O los que formaban parte de la tercera España, los católicos catalanistas que como Carles Cardó o Vidal y Barraquer perdieron la guerra dos veces.

Nombres como estos, o los del obispo Borrás asesinato en Tarragona, y los religiosos asesinados en 1936, deberían sumarse con normalidad en la lista de los nombres a los que se homenajea públicamente y de forma colectiva en los aniversarios y conmemoraciones del 18 de julio.

Dar a conocer la crueldad del franquismo nos ha ayudado a superar y combatir el discurso que hacía culpables "a los rojos separatistas". Pero también se debe que superar el discurso que todavía se permite frivolizar con frases como que "la única iglesia que ilumina es la que arde", sin recordar todas las iglesias que hemos quemado en este país. Quizás es porque no han leído nunca los testimonios documentados que hay sobre el tema, con historias de tal crueldad que hacen reflexionar sobre la condición humana y sobre la voluntad de no aprender nunca. La voluntad de no tener una memoria histórica completa.