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Me van a perdonar porque el género obituario siempre es peligroso. Sobre todo cuando se trata de hablar sobre alguien con quien no has tenido una relación muy directa. También con personajes de gran proyección como Muriel Casals la impresión es ya está todo un poco dicho.

Pero hay una dimensión de una persona afable como Muriel que me parece que se debe subrayar. Por lo que sabemos no era una persona con convicciones públicas confesionales. Y no podemos decir más que eso porque nunca se sabe ni nos interesa que se esconde en el sagrario del alma. Lo que es seguro es que no era una persona anticlerical. Probablemente, porque como ya se ha destacado, no era una persona de trabajar contra muchas cosas, sino a favor de las que creía.

Pero si sé que era una persona que valoraba lo que representa la Iglesia en Cataluña. En los últimos años, tanto desde la presidencia de Omnium como incluso durante los pocos meses que ha sido diputada, Muriel Casals mantuvo una relación fluida con varios sectores eclesiales. No era una relación confesante. Era una relación que se fue construyendo porque entendía que nada se podía construir en este país sin tener presente la amplia corriente social y cultural que representa la Iglesia en el carril central del país.

También era consciente de la dimensión política del hecho católico, sobre todo en la escena internacional, un punto clave para el proyecto que ella soñaba. Por ejemplo, entendió que la proyección de la visita del Papa a Barcelona en 2010 era una oportunidad para mostrar lo mejor de Cataluña en el mundo. Que no era el momento de ajustar cuentas con los fantasmas personales que cada uno tuviera contra la Iglesia católica. Pero no era una convicción estratégica, era una convicción personal y de una persona con suficiente nivel cultural para poder reconocer qué ha aportado y qué aporta la Iglesia al país. Creo que estuvo satisfecha de recoger en 2012 la Medalla de Oro del Parlamento por Omnium Cultural junto a Cáritas Cataluña, también con una mujer a la cabeza.

En este sentido, Muriel Casals representaba la mejor herencia del PSUC, el partido comunista en el que ella había militado. Aquel PSUC que a pesar de tener una gran carga ideológica entendió que el mundo no se podía cambiar excluyendo. Que se tenía que hacerlo sumando. Una herencia que algunos progresismos trasnochados no han entendido y que creen que construir un nuevo país también pasa por derribar las iglesias. Sectarismo que no quiere un nuevo país, sino su país.

Sé que Muriel, proveniente de la izquierda clásica, no era así, ni pensaba así, ni actuaba así. La presencia habitual en los encuentros anuales del Grupo Sant Jordi es una muestra. No era una anécdota o un acto de relaciones públicas. En buena parte, como decía, porque su carácter le impedía ser una persona sectaria. Pero creo que también porque es una de las personas que creía que los proyectos colectivos deben ser inclusivos. Para decirlo de otro modo, que la salvación siempre será colectiva. No yendo cada uno a lo suyo o protegiéndose en la propia trinchera. Es por eso que más allá de lo que espere o no espere cada uno del proceso político que vive Cataluña, es claro la sociedad catalana ha perdido un gran activo. De personas que desde sus convicciones firmes y sus proyectos, también saben construir puentes y espacios de encuentro. Iba a decir que lo echaremos de menos, pero prefiero decir que espero que no tengamos que echarar-lo de menos. Que sólo echemos de menos a la Muriel y no su manera de ser y de hacer.