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Me van a perdonar la metáfora. Cuando aparece una gotera en una basílica de alto valor patrimonial, histórico y espiritual puede haber reacciones diversas. Pero una gotera no puede ser el motivo para cerrar el templo, para expropiarlo o, en un brote de anticlericalismo exacerbado, para incendiarlo.

Hoy en cualquier edificio de alto valor patrimonial, una incidencia pide la intervención de una larga cola de técnicos, expertos, peritos, forenses, juristas, agentes de seguros... Hay que seguir un montón de protocolos que pueden parecer gravosos y excesivos pero que están pensados para proteger el patrimonio y, sobre todo, las personas que lo utilizan. Yendo aún más atrás, hay que ser conscientes de que las iglesias góticas no se hicieron con planes de evacuación y limitación de aforo.

El cambio es fruto de una nueva cultura y sensibilidad que hace unos años se tenía. Tiempo atrás, si aparecía una gotera, todo el mundo tenía un amigo apañado que ya te lo arreglaba con un poco de cemento. Y si el agujero no crecía, con parches íbamos pasando en espera que no llegara el día que hubiera que hacer una reforma de mayor alcance. Nadie preguntaba por las características del cemento o si el material utilizado era respetuoso con el patrimonio a preservar. O si a medio o largo plazo podía acabar siendo perjudicial para el conjunto del edificio. Se tapaba la gotera como se creía que era mejor hacerlo.

Era otra manera de hacer las cosas, que hoy hace llevarse las manos en la cabeza a los expertos en patrimonio. Llevando el ejemplo a otro ámbito bien sensible, todas las colonias y campamentos que se organizaban hace veinte o treinta años hoy serían clausuradas inmediatamente por cualquier inspección de la Generalitat. Los padres huirían despavoridos y los responsables serían sancionados y inhabilitados por los siglos de los siglos por no cumplir los protocolos. En cambio, los que fuimos de colonias o fuímos monitores hace treinta años en instalaciones bastante precarias no parece hayamos salido demasiado tarados, creo.

Volvamos a las goteras. Hoy lo que habría que valorar es más la intención de lo que se hizo en cada momento. No si se cumplían estrictamente todos los protocolos que ahora velan por la protección del patrimonio y de las personas. Y que se deben cumplir sin excepciones.

Aquí es donde hay casos y casos. No es lo mismo si se afrontó una gotera en una basílica por donde pasa mucha gente poniendo un cubo y rezando para que dejara de llover, que arreglando el agujero. O, mejor aún, si se profundizó en el problema planteándose qué intervención pedía el edificio para que no hubiera más humedades. Ni es lo mismo esperar que el feligrés que se ha mojado vaya a secarse al sol, que interesarse por qué le ha pasado y como se le puede ayudar mientras se arregla la gotera.

También es de esperar que en una gran basílica de masiva afluencia y con muchas cubiertas y bajantes, pueda aparecer alguna gotera. O que haya gente diga que había una gotera donde nunca ha estado, mientras se les inundaba la casa. O que una supuesta gotera tenga más impacto.

Pero lo que es más grave no es una gotera. Que lo es. Lo más grave es la dejadez, el pensar que no pasaría nada, el esperar que con el tiempo ya quedaría tapada ... mientras se iba deteriorando el edificio. Y sobre todo si no se hizo nada hasta que el tejado amenazaba ruina.

No merece el mismo juicio si se afrontó el problema, se tomaron medidas preventivas, no se dejó a la intemperie a los feligreses y se les pidió disculpas por si en algún momento no se había tenido suficiente cuidado del edificio .

Incluso en época de lluvias, el conjunto de una basílica no pierde su belleza por una gotera. Es lo que pienso cuando veo el seguimiento que ha habido en los últimos años en una basílica tan significativa como la de Montserrat.