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Me van a perdonar que saque conclusiones sólo con una primera lectura de urgencia. Le llaman periodismo. Amoris laetitia puede decepcionar porque no cierra los debates sobre la pastoral familiar, pero no es una nueva Humanae Vitae. La Encíclica de Pablo VI de 1968, que abordaba el tema de la anticoncepción, pretendió cerrar el debate. A la vista está que lo consiguió.

En cambio, con Amoris laetitia, Francisco no cierra nada. Por el contrario, deja abiertas muchas puertas. Utilizando una expresión que el papa ya usó en la Evangelii Gaudium y que ahora vuelve a recuperar, es un documento pontificio que no se angustia por el tiempo, sino que quiere generar procesos. Había una expectativa, eclesial y mediática, que las dos asambleas episcopales sobre la familia celebradas en 2014 y 2015 cerrarían la carpeta de temas eternos como la comunión a los divorciados, las segundas nupcias, el juicio de la homosexualidad, la anticoncepción o hasta el diaconado de las mujeres. Que había llegado la hora, el tiempo, de liquidar estos temas. La conclusión del Sínodo (y los equilibrios entre las distintas sensibilidades) es que este tiempo no ha llegado.

Donde el Papa hace hincapié es en los espacios que ocupan estos temas y en los procesos que se deben generar. Y en la doctrina no va más allá. Pero deja un nuevo espacio para actuar de otra manera. Las normas y la doctrina ya no pueden ser el centro de mirada de la Iglesia sobre las familias. Sobre las personas.

Las normas son un horizonte, pero la pauta pastoral es "el discernimiento" de cada caso, de cada persona, su aplicación depende de las "diversas comunidades eclesiales", y admite "diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan". Justo lo contrario de los que hacen los que utilizan la propuesta de la Iglesia sobre la familia para "adroctinar" y que sólo quieren "imponer una serie de normas como si fueran una roca (...) piedras muertas para lanzarlas contra los demás" .

El ejemplo más claro es que nadie puede volver a decir, ni ninguna actuación eclesial puede dar a entender, que los divorciados están excomulgados: "son parte de la Iglesia". Dejarlo claro, es la manera del Papa de crear nuevos procesos dentro de la Iglesia. Y eso, con el tiempo, ya se verá dónde puede llevar.

Es significativo que en los temas más polémicos, como la comunión a los divorciados, Francisco prácticamente se limita a citar las conclusiones que aprobaron los obispos que participaron en los dos sínodos. Remarcando, eso sí, una fuerte autocrítica a la dinámica pastoral que se ha tenido hasta ahora. También hace amplias citas de los textos de los sínodos e incluso de las encuestas previas en el capítulo sobre la realidad y los desafíos de la familia hoy. Quizá nos hubiera gustado que el Sínodo fuera más allá, pero la sinodalidad también debe de ser esto.

En cambio, donde el Papa añade más cosecha propia es en su relato sobre el amor matrimonial. Es el capítulo más largo, el cuarto, que comenta el famoso himno de la caridad de San Pablo, que tanto se utiliza como lectura en las bodas. Hacer una reflexión sobre el amor (no sobre la disciplina sacramental) es sin duda la mejor manera de explicar que es lo que propone el Evangelio. Y, además, de aquella forma que sabe hacer Francisco: hablando para que todo el mundo lo entienda y no sólo para la parroquia. No es casual que el mismo texto utilice referencias bien cercanas a la gente como las citas de Martin Luther King, Eric Fromm, Octavio Paz, Mario Benedetti, Dietrich Bonhöffer, o que explique el sentido de la gratuidad a partir de una escena de "El festín de Babette".

El capítulo sobre el amor, como el de la educación de los hijos, es el ejemplo práctico que podría resumir la propuesta de Amoris laetitia, la alegría del amor. Una propuesta para acompañar a las familias tal como son. Y, sobretodo, en ayudar a crear procesos que cambien las personas. En este sentido quizás lo más relevante es la llamada del Papa a "formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas". Una de las afirmaciones de la exhortación apostólica sobre la familia que aún deja el campo más abierto.

En definitiva, es el eje del pontificado de Francisco: cambiar a las personas, antes de cambiar doctrinas. Aunque el primero sea el más complicado.