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Me van a perdonarán que les hable más bien como padre en la escuela concertada enfadado. Hace unos días el consejero de Educación y la alcaldesa de Barcelona lucieron como un triunfo conseguir que una escuela concertada religiosa del Eixample de Barcelona el próximo curso pase a ser pública, el Colegio Inmaculada Concepción. El año pasado se produjo una situación similar con la Escuela San Vicente de Paúl, tras cerrar porque no cuadraban los números. A una por escuela año, desmantelar la concertada en Cataluña costará unos 700 años (400 si nos fijamos sólo en las escuelas cristianas). Pero esto va como lo del Mobile World Congress. Primero se retira una empresa. Al día siguiente otra. El tercer día ya son tres o cuatro de golpe... y al cabo de una semana el último apaga la luz.

Hace pocos días estuve un centro municipal juvenil de Barcelona en unas jornadas. Me costó encontrar las indicaciones para llegar al lavabo entre la infinidad de carteles y consignas que invadían las paredes. Francamente, con tantas indicaciones sobre lo que tenía que hacer o pensar, me cogieron ganas de rebotarme y dejar de hacer salud y subir con el ascensor, contar un chiste machista al/la conserje/a, enviar a paseo al pueblo saharaui, y no cambiarme más la copa menstrual. En ninguna de las muchas escuelas cristianas que he visitado he encontrado nunca tantas instrucciones en las paredes.

Cuento esto pensando en la idea que destacaba el conseller Josep Bargalló en la visita la escuela cristiana que pasará a ser pública: "El ideario cristiano será sustituido por el ideario aconfesional". En el sustrato de esta afirmación se presenta lo público como neutro y universal y lo cristiano como parcial e ideológico. Pues no. Son modelos educativos diferentes, y todos en la vocación de servicio público de educación.

Me gusta mucho un cartel que veo cada día en una escuela pública cerca de mi casa: "Aquí se enseña a pensar y no qué pensar". Cierto, pero el pensamiento siempre se fundamenta en un punto de partida, unos referentes y un modelo antropológico.

Es cierto que muchos padres que optan por la escuela cristiana no lo hacen por una convicción religiosa (que no quiere decir que los que lo hacemos con esta convicción no existimamos). Y, ampliado a la concertada en general, en la elección de las familias sí hay siempre una opción por un modelo educativo determinado. Y si la escuela es cristiana, los padres que hacen esta opción es porque por lo menos ven positivamente el modelo de persona que proponen aunque no correspondan estrictamente a sus convicciones. Pero es igualmente cierto que un factor determinante para elegir la escuela pública no es su neutralidad. Es que la pública es gratuita y en la concertada se debe pagar siempre algo más.

Como es sabido, esta desigualdad económica no es por un afán recaudatorio de las escuelas religiosas. Es porqué que el dinero que destina la Generalitat no cubre los costes. Asimismo, demasiado a menudo se confunde escuela concertada, que la mayoría de casos tiene detrás una cooperativa, entidad confesional o iniciativa social sin ánimo de lucro, con escuela privada con un propietario que gana dinero.

Uno de los argumentos de la administración para fagocitar escuelas concertadas es que hay más demanda en la escuela pública y que no puede ofrecer plazas suficientes para cubrirla. Esto es cierto en algunas (pocas) zonas de Barcelona ciudad de bajo crecimiento demográfico. Pero, ¿y en los lugares que es al revés? Yo mismo he pasado por más de un sorteo para poder matricular a mis hijos en una escuela concertada. ¿Las decenas de familias que quedaron fuera no eran un argumento para aumentar las plazas subvencionadas el año siguiente? Y, ¿si la concertada compitiera con las mismas condiciones económicas, no subiría más la demanda de la concertada en general y de la escuela cristiana en particular?

La impresión como padre es que nos toman el pelo. Esto lo tenía que resolver la Ley de Educación de Cataluña hace más de una década. Y ahora parece que se quiere reformar por la puerta trasera. Si somos una familia de una escuela que tenemos que pagar cada mes, y un día nos dicen que en septiembre ya no pagaremos cuotas y que mantendrán los profesores que ya conocemos hasta que se jubilen, no es de extrañar que nos parezca todo bastante bien. Pero ¿este modelo, alquilando los edificios en las escuelas que tienen que cerrar, es sostenible para todo el sistema? ¿Qué pasaría si mañana 700 escuelas entregaran las llaves al consejero de Educación? ¿Si no es sostenible, quién estamos sosteniendo el sistema público de educación de nuestro país? ¿No sería más razonable asegurar la viabilidad de los modelos de escuela concertada por los que hemos optado las familias?

También me cuesta entender que cuando se habla de estos temas la voz mediática dominante es muy parcial. Por un lado, y sobre todo, los sindicatos, que en mi grado de compresión de la realidad entiendo que se dedican honradamente a defender las condiciones laborales de los trabajadores. Pero un sindicato no debe definir la política educativa de un país. Luego, de los padres sólo se acostumbra a oír la voz de la federación AMPAS de la escuela pública, voz por otra parte bastante sindicalizada. Y, en cambio, cuando habla la concertada normalmente sólo oímos a los titulares del centro como si el problema fuera sólo que se les acaba el negocio. ¿Dónde estamos las familias de la concertada? ¿Quién nos escucha?

Hasta que este tema no se enfoque desde la perspectiva de las familias que optan por la escuela cristiana, o en general por la concertada, y que también votamos a nuestros gestores políticos, no habrá soluciones.