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Per saber-ne més

Me van a perdonar porque si alguien quiere girar el sentido de este texto pensará que nos preocupa más la Iglesia que las víctimas. Sólo es una perspectiva más que complementa el epicentro del terremoto que vivimos estos días: las víctimas que han sufrido abusos.

Josep Maria Tamarit, catedrático de derecho penal que encabeza un estudio académico sobre los abusos sexuales en la Iglesia católica en España, aparecía hace unos días en una entrevista en el Ara. Afirmaba que los datos disponibles, basados principalmente en uno de los pocos estudios realizados, en 1994, "especificaba que un 1% de los encuestados habían sufrido abusos de la Iglesia católica. Si partimos de una población de 40 millones, serían 400.000 personas". Si hacemos la proyección en Cataluña serían 75.000 personas las víctimas de los abusos del clero.

Si el estudio de 1994 al que se refiere es el de Félix López, este también pondría de manifiesto que un 18,9% de la población española habría sufrido algún tipo de abuso sexual durante la infancia. Ocho millones de españoles, o un millón y medio de catalanes. Si los datos de los que disponemos son estos, relatan una situación insostenible y de alarma social. Un millón y medio de catalanes víctimas de abusos.

Un recuento de los casos conocidos y publicados en la prensa de sacerdotes y religiosos acusados ​​de abusos a menores en Cataluña me da una cifra de 29 acusados, expuestos aproximadamente por un centenar de víctimas. La mayoría ya hace años que se conocen. Pero de estos 29 acusados, nueve se han hecho públicos durante las primeras semanas del 2019. Son los casos más recientes que tenemos en mente. Buena parte de los hechos se remontan a los años 70 y 80.

Estos son los datos que tenemos. Cualquier datos ya nos dice que hay demasiadas víctimas de abusos a menores. "Un solo caso de abuso en la Iglesia representa ya en sí mismo una monstruosidad", decía el Papa Francisco.

Pero la exposición de estos casos también ha generado otras víctimas colaterales que no salen en los recuentos y en los estudios. Y que suman miles en Catalunya:

-La comunidad eclesial. La Iglesia católica es la única institución con suficiente continuidad histórica que permita pedirle un rendimiento de cuentas por hechos del pasado. Desde los abusos de hace 30 o 40 años, hasta las infidelidades al Evangelio de las primeras comunidades cristianas. Todos recordamos jefes de Estado pidiendo perdón por genocidios o barbaries que cometió su país en el pasado, pero a nadie se le ocurre hacer recaer la responsabilidades de aquellos hechos en la persona que protagoniza este gesto simbólico. Tampoco se le pedirá cuentas a nadie por lo que pasaba en los años 60 o 70 en las escuelas estatales. En la Iglesia, en cambio, la culpa sigue recayendo en la institución.

No hay que fijarse tanto en la Iglesia o en la comunidad religiosa afectada como institución, sino en las personas que hoy forman parte de esta comunidad. También estamos viviendo estos días un gran dolor, consternación y perplejidad de las personas que hoy se sienten parte de la Iglesia y que se interrogan sobre la culpa o connivencia propia sobre lo ocurrido. Víctimas indirectas de los abusodors y de los que no dieron a su tiempo la respuesta adequeada. Ni la que se daría seguramente hoy.

-Las escuelas. Buena parte de los casos conocidos se produjeron en entornos educativos escolares. Escuelas a menudo centenarias, con nombres con prestigio social y muy arraigadas en el tejido asociativo y local. Estas escuelas religiosas hoy continúan ofreciendo un servicio educativo con un equipo renovado, mayoritariamente laicos. Los docentes y el personal de estas escuelas hoy sufren también con consternación lo que se explica que pasó en su centro. No es la escuela afectada como institución. Son las personas que hoy la forman.

Hemos visto directivos, maestros, personal de las escuelas cristianas llorando por lo que pasó. A veces por un sentimiento de rabia colectiva. A veces al ver como un hecho del pasado viene a cuestionar la abnegación educativa en la que se han desgastado personalmente. Es muy cruel llegar al trabajo y encontrarse una pintada acusadora en la fachada del centro.

También por un sentimiento de injusticia por el daño que puede hacer una manzana podrida. Aunque sea emocionalmente comprensible, no tiene ningún sentido racional que un caso de abusos del pasado afecte a las inscripciones del curso siguiente de las escuelas afectadas. La experiencia de los centros más afectados dice que esto sólo dura uno o dos años, pero es un golpe muy duro para una escuela que hoy hace bien su trabajo y que quiere el servicio que ofrece.

-Las familias. También son víctimas de estas situaciones las familias que han elegido llevar a sus hijos a los centros en los que después un día se conoce un caso de abusos. Racionalmente la mayoría de padres, como que conocen la escuela, saben separarlo. Pero siempre queda la incomodidad de dudar a quien he confiado lo más preciado de mi vida, los hijos.

En general, la presión mediática que han sufrido algunos centros escolares ha provocado una mayor cohesión de toda la comunidad educativa. Directivos, docentes y familias que han sentido como su centro era injustamente acosado. Ninguna familia puede digerir que alguien piense que deja los hijos en manos de un grupo de irresponsables y encubridores. Prueba de este efecto, es que no ha habido ningún éxodo masivo de quienes desde dentro conocen la propuesta educativa de las escuelas afectadas.

Capítulo aparte merecería hablar de las familias de los niños que sufrieron los abusos y que habían confiado en los centros o en las personas que hicieron tanto daño. Padres que son víctimas si hoy pueden reconocer que no supieron ver o no valoraron la gravedad de lo que estaba pasando. Hijos que deberan comprender porque algunos padres miraron hacia el otro lado. Demasiados silencios del pasado nos ha llevado a la situación de hoy.

-Los ex alumnos. Quizás son una de las víctimas que tienen menos protagonismo. Todo el mundo quiere oír el testimonio de las víctimas de los abusos. Pero poco oímos quienes pasaron en la misma época por la escuela y guardan agradecimiento por la formación recibida en una etapa fundamental de la vida. Una experiencia positiva que a menudo lleva a elegir de nuevo aquel centro como la escuela de tus hijos. Quizás son las víctimas más perplejas. Revuelve el estómago saber que a tu alrededor pasaron monstruosidades que no viste. O que aquellas personas que eran un referente caen del pedestal. Es un proceso de aceptación que también es muy duro. Y que causa mucho dolor.

-Las parroquias. Una situación similar a la de las escuelas se vive en las parroquias o barrios en los que se ha destapado que un antiguo cura fue abusador. Quizás aún más cruel en los pueblos donde se conoce todo el mundo. Los chismes pueden ser un arma de destrucción masiva. En el polo opuesto, conocer personalmente a las personas que hoy llevan la parroquia, normalmente muy implicadas en el tejido asociativo, es un factor que ayuda a ponerlo todo en un justo contexto.

-Los curas. Los curas hoy se sienten un colectivo señalado. Una colectivización de la sospecha que no tiene ningún fundamento. Pero un caso tras otro, servido en cuentagotas mediático, mina su credibilidad social. Muchos pecados han cometido los curas, pero la mayoría son personas que han dejado muchas cosas para servir a los demás. Hoy, los curas que tratan con niños vivien con el miedo de que cualquier actitud no sea interpretada. O que cualquier insinuación del pasado no les sepulte.

También el clero sufre el dano que produce ver personas que han optado por el mismo ministerio y que no le han sido fiel. Un mal muy profundo porque también toca referentes de su etapa de formación. Es un golpe muy duro ver en el periódico el nombre de un compañero de sacerdocio.

-Los religiosos. El daño que hace ver un compañero de vocación que ha traicionado todos los compromisos ministeriales, quizás aún más profundo entre los religiosos.

A menudo se ven las congregaciones religiosas como unas multinacionales con delegaciones territoriales. Con esta idea sólo sería necesario que desde arriba se expulse a los "empleados" malos para solucionar el problema. Lo que pasa es que una congregación religiosa o un monasterio es ante todo una familia. Personas que libremente han hecho una opción común de vida. Viven, comen, cenan, rezan y miran la tele juntos. ¿Qué ha hecho mi hermano? Es una pregunta que te corta por dentro cuando tu compañero de comunidad ha hecho tanto daño.

-La confianza. En todos estos ambientes se genera uno de los problemas más difíciles de superar. Una crisis que sobre todo rompe todas las confianzas. Y un mundo sin confianza no puede funcionar. Hay una crisis de confianza porque te ha fallado aquel en quien habías confiando. Hay una crisis porque si pasó con aquél, ¿porque no puede pasar con aquel otro?

Asimismo, el descalabro que representa cualquier caso de abusos también es una crisis interna emocional que cuesta mucho manejar. Genera diferentes pareceres sobre la manera de afrontarla que normalmente deben gestionarse en poco tiempo.

Los que ponen más el acento en ver un tema mal resuelto del pasado que hay que poner en su contexto. Quienes sobre todo ven una campaña contra la institución o quienes disparan contra el pianista. Quienes serían más radicales en las medidas a tomar aunque puedan acabar pagando justos por pecadores. Quienes son más precavidos para que no paguen justos por pecadores. Quienes humanamente son incapaces de asumir lo que ha pasado. Quienes lo ven un poco todo a la vez ... Y quienes creen que quienes lo ven de otro modo a su están muy equivocados.

Y estan lo que aprovechan la debilidad del momento para proyectar sus fobias, como ya hizo el exnuncio Viganò para boicotear las reformas del papa Francisco. También hemos visto estas proyecciones freudianas en Cataluña. Y, además, los que quieren aparecer como los salvadores que tienen la solución para todo.

Hay gente más propensa a las reacciones airadas y otras a las reacciones compungidas. Cuesta mucho moverse por la senda de la serenidad en este terremoto. Y esto también ha hecho mucho daño.

Demasiadas víctimas para esperar sólo que el tiempo lo cure todo. Es una drama que sólo se resolverá remando todos en la misma dirección.