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Yo me perdonarán que añada algo. Estos días he estado dandole vueltas en la cabeza permanentemente a una frase que Jordi Pujol repetía a menudo desde hacía mucho años cuando hablaba de su fe: "Soy un cristiano indigno". Lo explicaba relatando la dificultad que tenemos todos de alcanzar el listón más alto que nos pone el cristianismo. Siempre lo había entendido como una confesión razonable de cualquier persona que debe tomar decisiones importantes, que pueden afectar a mucha gente y en las que muchas veces se trata de escoger entre la opción mala y la peor. Es evidente que después de confesar que la familia ocultaba dinero en el extranjero durante 34 años esta explicación ya no tiene ningún sentido.

"Soy un cristiano indigno". Cuánta razón tenía. Esta ha sido la gran decepción, también para los cristianos que igualmente nos sabemos indignos.

Es un caso muy grave, desconocemos aún todos los detalles y el alcance. No sabemos qué consecuencias tendrá en todo lo que representaba hasta hace cuatro días Jordi Pujol. Lo dejo para los analistas políticos. Pero lo que más me preocupa no es eso. La gran decepción no hace daño a un determinado grupo o movimiento político, ni a un colectivo en concreto. Nos hace daño a todos. El daño que produce cuando falla una persona que ha ejercido un liderazgo moral, sea en el ámbito público o privado. Sea de nuestra tribu o de la del lado.

Por ello, creo que se equivoca quien se alegra por réditos que pueda sacar par su proyecto político o social. Los del yo ya lo decía. O los que aplauden cuando se hace leña del árbol caído. Ni tampoco creo que sea una buena opción intentar despistar mostrando la galería de los horrores o de las decepciones de otros personajes y estamentos. Otros que lo han hecho peor. Sólo es sumar decepciones.

Porque la decepción que genera este caso afecta a cualquier liderazgo o referente social. Toda sociedad necesita referentes. Sea cual sea la sociedad o el país que se quiera construir. Hasta en la hipótesis que no hubiera habido un enriquecimiento ilícito personal, si un personaje como Pujol ha sido capaz de engañar de esta manera, ¿que no serán capaces de hacer otras? Si Pujol ha hecho esto, ¿quien queda libre de sospecha? Y si todos son así, ¿por qué debo actuar yo de otra manera? Si quien decía blanco, hacía negro ...

Creo que este es el verdadero problema. Independientemente de si afecta más a un partido o a un proyecto político en concreto. La decepción rompe la confianza en cualquier proyecto colectivo. Sea el proyecto que ha sido directamento indirectamente tocado por el caso concreto, como el que se sitúa en sus antípodas. Porque para muchos la conclusión final es que ya no podemos creer en nada ni en nadie. Ni en los míos, ni en los otros. Sólo en uno mismo. Y si todo el mundo mira por lo suyo, no llegamos a ninguna parte. Esta es la gran decepción que hace más daño. La dignidad de los liderazgos es lo que costará más de reparar.