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El catolicismo de nuestros días presenta profundas divisiones internas que permiten hablar de la presencia en su interior de un cisma latente.

Ni la diversidad de formas ni los conflictos constituyen un fenómeno nuevo en la Iglesia. Han acompañado toda su historia. Lo que llama la atención en el catolicismo de nuestros días es la incapacidad de la jerarquía para “gestionar” el hecho. Porque una de las funciones más importantes de ésta es el ministerio de la unidad. Pero la jerarquía actual -en su conjunto y salvo raras excepciones- parece entender esa unidad como resultado del sometimiento incondicional de los fieles a sus criterios, su forma de pensar y su autoridad, ejercida de la forma más absoluta, y entiende la comunión eclesial como la sumisión del conjunto de los fieles a sus dictámenes.

Desde una comprensión preconciliar de su papel en el seno del Pueblo de Dios, la jerarquía entiende su naturaleza y su función como si ella monopolizase la asistencia del Espíritu, e ignora sistemáticamente a los grupos de católicos que disienten en aspectos  perfectamente discutibles, y excluye a los que se atreven a defender posturas diferentes en un ejercicio de su libertad que merecería ser escuchado y agradecido.

El sistema de nombramiento de obispos y los cri-terios que se siguen en la elección de los candidatos ha generado unas conferencias episcopales uniformes, que extienden esa uniformidad a sus órganos asesores,  las publicaciones y los medios de comunicación que dependen de ella,  los centros de enseñanza bajo su autoridad, y a sus directrices en todos los órdenes de la vida de la Iglesia. Así, ésta presenta una imagen monolítica, uniforme, que ignora o excluye a todos los que muestran la más mínima desviación de las consignas oficiales. Pocas veces ha estado la Iglesia más lejos de la necesaria participación de los fieles en la vida del Pueblo de Dios. ¿Quién recuerda ya la “consulta de los laicos en cuestiones doctrinales” que preconizaba el cardenal Newmann?

Un hecho reciente muestra el avance de esta ola de autoritarismo en la vida de la Iglesia. Los estatutos de la Universidad del Episcopado Español que preveían la participación del Claustro Universitario en la elección del rector han sido modificados para eliminar esa participación e imponer un sistema en el que el obispo gran canciller elige el candidato sin  participación alguna  de sus órganos  de gobierno. No pedimos una democratización de la Iglesia, sino  que sea fiel en su organización a la condición de fraternidad que ha de regirla.

Probablemente, a esta deriva autoritaria de la Iglesia, entre otras razones, se deba  su creciente distanciamiento de la sociedad y el escaso aprecio que  los ciudadanos muestran hacia ella.

Juan Martín Velasco