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Artículo de Laura Ribera, miembro de Justícia i Pau Barcelona

Las personas que lo analizan, o quizás los tópicos de nuestro contexto, explican que cuanto mayor acceso a la información tenemos, más desinformados vivimos. Dejando a un lado la certeza o no de esta afirmación, los medios de comunicación convencionales, ya sean periódicos o informativos televisivos, juegan un gran papel en la forma como estamos informados. Y es que hace un par de años, un profesor nos explicaba que diariamente se reciben más de cinco mil noticias en las redacciones de los medios de comunicación y que éstas acaban presentando quince o veinte al día. ¿El filtro de la selección? La proximidad de la noticia. Pero es preciso que vayamos más allá.

La primera vez que oí la palabra Rohingya fue hace cinco o seis años, cuando mi madre recibió información de una campaña que una organización no gubernamental llevaba a cabo con esta minoría musulmana de Birmania. Pero, antes de opinar, hablemos primero del país, después lo haremos de los Rohingya.

Birmania, donde la junta militar cambió su nombre oficial por Myanmar el año 1989, es un país con un pasado político convulso, incluso hay quien lo tilda de desgraciado. Pero dejando aparte ciertos adjetivos calificativos, lo cierto es que este país del sudeste asiático ha vivido diferentes etapas políticas y sociales que han llevado inestabilidad y represión.

El país fue anexionado a la India bajo dominio británico el año 1886, y no fue hasta el 1937 que los ingleses decidieron separarlos. Pocos años después, los japoneses invadieron el país pero el año 1948 se declaró independiente. Un año históricamente relevante teniendo en cuenta que también se aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. La democracia duró poco ya que en 1962 llegó al poder el General Win a través de un golpe de estado y, juntamente con otros generales gobernó con mano de hierro y represión casi cuatro décadas. La política de este país de cerca de 56 millones de personas ha sido marcada por el conflicto interno con manifestaciones pro-democráticas, el arresto de la defensora de los Derechos Humanos y Premio Nobel de la Paz Aung San Suu Kyi durante seis años en su casa, los problemas étnicos y religiosos entre musulmanes y budistas, la sublevación de los monjes y también la de los estudiantes del año 1988, entre otras tantas cosas.

El pasado día 8 de noviembre se celebraron sus primeras elecciones parcialmente libres después de años de junta militar. Me refiero a parcialmente libres puesto que los militares siguen reservándose unos escaños en el Parlamento. También, y aquí introduzco los Rohingya, más de un millón de habitantes no pudieron votar en las elecciones. Los Rohingya son entre 900.000 y 1,3 millones de habitantes que viven en el oeste de Birmania, son musulmanes y los historiadores consideran que descienden de los comerciantes y soldados árabes, turcos, mongoles o bengalíes que se convirtieron al Islam en el siglo XV. En el país y también por parte del gobierno se les considera inmigrantes irregulares ya que dicen que entraron en el país durante la época del dominio británico. La dictadura militar en el año 1982 apobó una ley que los llevó a ser apátridas: el Estado no los reconocía. Las presiones internacionales hicieron que en el 2014 se aprobase un plan de acción que les permitía regularizar su situación. A pesar de ello, el pasado mes de marzo se les retiró la documentación, lo que les impidió votar en las pasadas elecciones. En cuanto a las elecciones, pocos medios de comunicación han dedicado algo de su espacio informativo a esta situación. Además, esta situación de rechazo y olvido ha contado con el silencio de la Premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi quien por miedo de perder votos ha preferido mantenerse al margen.

Aquellas personas que nos consideramos defensoras de los Derechos Humanos Universales tenemos que ser capaces de hacer nuestra su lucha histórica para ser reconocidos como pueblo y como ciudadanos de Birmania. En una situación que incluso es considerada genocidio, ya que se intenta hacerlos desaparecer como pueblo, no nos tiene que faltar la información de los medios de comunicación sino que hemos de ser capaces de identificar que en todo el mundo existen estructuras de exclusión y de desigualdad. No podemos permitir que una persona defensora de la Paz y de los Derechos Humanos no hable por aquellos que no tienen voz dentro de su mismo país justificándolo por motivos electorales. Los objetivos políticos no pueden estar por encima de las personas, ni la excusa de la falta de información tampoco. Reflexionémoslo.