Voleu rebre les notícies?

Subscriviu-vos al butlletí gratuït

Pentecostés. Ciclo C.
Barcelona, ​​15 de mayo de 2016

Según la tradición bíblica, el pecado más grande de una persona es vivir con un corazón recluido, cerrado, endurecido, un corazón de piedra y no de carne: un corazón obstinado y torcido, un corazón poco limpio.
Quien vive recluido no puede acoger el Espíritu de Dios; no puede dejarse guiar por el Espíritu de Jesús.
Cuando nuestro corazón está recluido
–nuestros ojos no ven
–y nuestros oídos son incapaces de escuchar.

Vivimos separados de la vida, desconectados.
El mundo y las personas están fuera y yo estoy recluido aquí dentro.
Una frontera invisible nos separa del Espíritu de Dios que da vida a todo y a todos.
Con un corazón cerrado es imposible sentir la vida como la sentía Jesús.

Sólo cuando la puerta de nuestro corazón comienza a abrirse, somos capaces de captar todo a la luz de Dios.
Cuando nuestro corazón está recluido, vivimos volcados sobre nosotros mismos
–insensibles a la admiración y a la acción de gracias.
Dios nos parece un problema y no el Misterio amoroso que lo llena todo.

Sólo cuando nuestro corazón se abre, empezamos a intuir ese Dios en el que vivimos, nos movemos y existimos.
Sólo entonces empezamos a invocarlo como Padre con el mismo espíritu de Jesús.

Cuando nuestro corazón está recluido, en nuestra vida no hay compasión
–no sabemos sentir el sufrimiento de los demás
–vivimos indiferentes a los abusos y a las injusticias que destruyen la felicidad de tanta gente.

Sólo cuando el corazón se abre, empezamos a intuir con qué ternura y con qué compasión Dios mira las personas.
Es entonces cuando escuchamos la principal llamada de Jesús: Sed compasivos como vuestro Padre.
La conclusión es bastante clara y motivadora.

Siempre que el espíritu humano trabaja y se afana por la paz, por la concordia, para comprender al otro o simplemente para escucharlo, el trabajo para acabar con las desigualdades –que son lo que más nos divide y nos contrapone–, todo lo que vaya en esta dirección es la prueba de que podemos tener los humanos de que el Espíritu de Dios está con nosotros
–nos guía
–nos conduce
–y nos da fuerzas.

Todo lo que no sea eso, se queda en pietismos engañosos y mentirosos.
Se queda en falacias espirituales que no sirven para nada bueno.

De quién hacemos caso: ¿del Espíritu de Dios o de nuestros egoísmos?