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Domingo XII del tiempo ordinario. Ciclo C.
Barcelona, ​​19 de junio de 2016.

Pocas veces los cristianos nos detenemos a responder a esta pregunta clave que se nos hace a todos.
La pregunta que Jesús dirige a sus discípulos: Y vosotros ¿quién decís que soy yo?

¿Cómo debe ser la respuesta?
La respuesta debe ser personal, porque nadie puede hablar en mi nombre.
No puede haber una fe por procurador. Soy yo quien debe responder.

Se me pregunta qué digo yo de Jesucristo
–no lo que dicen los Concilios
–no lo que practican los obispos
–no lo que explican los teólogos.

Para ser cristiano no es suficiente decir: yo creo lo que cree la Iglesia.
Es necesario que me pregunte si yo creo en Jesucristo, si cuento con Él, si apoyo en Él mi vida.

No se me pregunta qué pienso de la doctrina moral que Jesús predicó, ni sobre los ideales que proclamó, ni sobre los gestos que hizo.
La pregunta es más profunda: ¿Quién es Jesucristo para mí?
¿Qué lugar ocupa en mi experiencia de la vida?
¿Qué relación personal mantengo con Él?
¿Cómo me siento delante suyo?
¿Qué fuerza tiene en mi conducta diaria?
¿Qué espero, de Él?

He aquí la gran responsabilidad: ser capaz de responder por mí mismo.
Nuestra fe crece y se vigoriza en la medida en que vamos descubriendo por experiencia personal que sólo Jesucristo puede responder las preguntas más vitales que llevamos dentro
–los anhelos más profundos
–las necesidades últimas.

Todo cristiano debería poder decir como San Pablo: "Sé bien en quién tengo puesta mi fe. Sé de quién me he fiado."
Realmente, ¿lo podemos asegurar nosotros esto?