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Domingo XVII del tiempo ordinario. Ciclo B.
Barcelona, ​​26 de julio de 2015.

Según el evangelista Marcos, los discípulos se desentienden de aquella gente necesitada y le dicen a Jesús dos palabras que ponen en evidencia su falta de solidaridad y su crecido individualismo claramente egoísta.
"Despide a la gente, para que vayan a los campos y las aldeas de alrededor y se compren algo de comer."

¿Qué significa esto?
–que el hambre de la gente no es su problema
–que cada uno espabile por su cuenta.

Y, ¿qué responde Jesús?
Jesús les responde con unas palabras realmente sorprendentes. Les dice: "Dadles vosotros de comer."
Es decir, no hay que despedir a nadie en estas condiciones de necesidad real.
Es el grupo de discípulos el que tiene que preocuparse de esta gente necesitada.

La verdadera solución no está en el dinero, está en la solidaridad.
Con dinero, sólo comerán los que tengan la bolsa llena.
Para que coman todos es absolutamente necesario compartir lo que hay.
Ante las palabras de Jesús, el grupo de los discípulos reacciona.

Un chico tiene cinco panes de cebada y un par de peces. No es mucho. Pero, lo que hay, está a disposición de todos.
Jesús pronuncia la acción de gracias a Dios y los pone en una nueva dimensión. Ya no pertenecen ni al chico ni a los discípulos: son un regalo de Dios.

Nadie tiene derecho a acaparar mientras haya alguien que pase hambre.
¿Hay en el mundo realidad más escandalosa y absurda que el hambre y la miseria de tantas personas?
¿Hay realidad más injusta y más inhumana que nuestra fría indiferencia?
¿Hay realidad más contraria al evangelio que desentendernos de los que mueren de hambre?

Si realmente somos solidarios, seguro que compartiremos.
¿Qué compartimos, nosotros?