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Domingo V del tiempo ordinario. Ciclo A.
Barcelona, 5 de febrero de 2017.

Con una pincelada, no exenta de un cierto humor, Jesús tuvo la ocurrencia de definir sus seguidores con unos rasgos muy característicos los que los cristianos hemos hecho poca o nula atención.
Jesús ve a sus discípulos como hombres y mujeres que deben ser "sal de la tierra". Es decir: gente que ponga sal en la vida.
"Vosotros sois la sal de la tierra" –nos dice Jesús–. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se sala?

Los especialistas nos han hablado de los diversos aspectos del simbolismo religioso de la sal, muy extendido en el mundo antiguo.
La sal aparece como imagen de lo que purifica
–de lo que da gusto y sabor
–lo que conserva los alimentos que nos nutren.

Seguro que la gente sencilla, que escuchaba a Jesús, captaban el simbolismo de la sal y entendían que el Evangelio puede poner en la vida del hombre un sabor y una gracia desconocidos.
Harvey Cox dijo que el hombre occidental: “ha ganado todo el mundo pero ha perdido su alma. Ha comprado prosperidad al precio de un vertiginoso empobrecimiento de sus elementos vitales.”
El tedio.
El aburrimiento.
La ausencia de sentido de la vida amenazan a muchos y a muchas.

Las raíces de este fenómeno son complejos.
La sociedad industrial nos ha hecho
–más laboriosos
–más metódicos y organizados
pero también
–menos festivos
–menos lúdicos
–menos imaginativos.

Los análisis de los observadores nos dicen que
–el talante festivo
–la ternura
–la fantasía
–la creatividad
–el gozo de jugar y de compartir
están en una situación lamentable.

Estamos en una especie de anemia de vida interior que nos impide experimentar y vivir la vida de cada nuevo momento de una manera más intensa, más alegre, más fecunda, más participada, más fraternal.

¿Dónde se encuentra la sal de los creyentes?
¿Dónde hay creyentes con capacidad de contagiar entusiasmo a los demás?
¿No será que nuestra fe no se ha hecho sosa?

Debemos redescubrir que la fe es sal que nos puede saborear y que nos puede hacer vivir todo de una manera nueva:
–la convivencia y la soledad
–la alegria y la tristeza
–el trabajo y la fiesta
–la vida y la muerte.
¿Lo hemos redescubierto, nosotros, esto?

El evangelio, por tanto, no es un mensaje de renuncias y de penalidades.
Y, menos aún, no es una llamada a llevar una vida ingrata, desagradable y sin los alicientes que Dios mismo ha puesto en este mundo y en esta existencia.
Ahora bien: lo más importante que hay en este evangelio está en que lo positivo y hermoso de la vida no se nos regalará, sino que tenemos que facilitarlo nosotros a los que nos rodean.

Pero, ¿cómo hacerlo?
No será a base de sermones, órdenes, prohibiciones, amenazas.
Jesús no quiere nada de esto.

Lo que Jesús quiere es:
que vivamos de manera que nuestro comportamiento sea de tal naturaleza que la gente, las personas, al vernos
–se sientan mejor
–se sientan felices
–se sientan con ganas de tener fe en Dios
–que se produzca un auténtico y saludable contagio.

Pero, como es lógico, esto no se logra sino a base de dos realidades fundamentales.
–primera, una gran humanidad: saber y querer sintonizar con los demás, ponerse en su piel.
–segunda, una profunda espiritualidad, es decir: mantener la mejor relación personal con Dios cada día y en cada nuevo instante.

He aquí las dos fuentes de energía que dan vida.
Y una vida abundante y feliz.

¿Lo hemos descubierto, eso, nosotros?
¿Realmente, lo practicamos?
¿Qué es lo que de verdad puede convencer?
No es, ni será la fuerza de los argumentos.
Lo que seduce y convence es la fuerza de la vida, el testimonio explícito y continuado y permanente.
¿Como es nuestro testimonio?