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Solemnidad de la Virgen de la Merced. Ciclo C.
Barcelona, 24 de septiembre de 2016.

La presencia o la ausencia de la madre en la vida de las personas
es esencial
es definitiva
es trascendente.
Marca para siempre.

Un huérfano, por más cuidados que reciba –suponiendo que le lleguen, algo difícil– siempre será una persona necesitada.
Carente de la protección y del afecto que sólo la madre sabe y puede darle. Por ello, a corto o largo plazo, el huérfano se convertirá en una persona también notablemente empobrecida.

Ya sabemos que hay madres de muchos tipos y que no todas son ejemplares ni cumplen con su misión como es debido.
No lo es de ejemplar la madre posesiva.
No lo es la madre celosa.
No lo es la madre intervencionista y super-controladora.
No lo es la madre super-protectora.
No lo es la madre que se piensa y actúa como si fuera la propietaria exclusiva de sus hijos.

Pero, a pesar de las posibles fallas, lo cierto es que el don de la vida nos viene de Dios a través de la madre y por la madre.
Necesitamos tener bien claro esto y saberlo agradecer a Dios y a ella
–sea viva
–o sea muerta.
La gratitud no tiene fronteras y penetra más allá de la geografía y de los calendarios y agendas.

La madre es un ser universal y eterno y por la fe siempre podemos conectar con ella cuando ya no la tenemos físicamente entre nosotros.
Ella es, entonces, la gran intercesora y protectora nuestra ante Dios, porque la función maternal no se agota con los días del calendario ni con la edad del hijo: va siempre más allá, porque es eterna.

Y, entre todas las madres, la más excelsa es la virgen y madre María Santísima que hoy festejamos bajo la advocación de la Merced.
Merced significa regalo de Dios inmerecido y siempre gratuito.

¿Cuáles y cómo son nuestras relaciones con la madre?
¿Somos realmente personas agradecidas?
¿O vamos por el mundo como personas caradura?
¿Caradura y desagradecidas?!