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Domingo XXVIII del tiempo ordinario. Ciclo B.
Barcelona, ​​11 de octubre de 2015.

Un hombre se acerca a Jesús. Es rico y no aiene problemas económicos. Es buena persona y su conciencia no lo acusa de nada.
Pero el hombre está nervioso, agitado. Viene corriendo urgido por la inquietud.
Se arrodilla ante Jesús y le hace una sola pregunta: "¿Qué tengo que hacer para evitar que la muerte sea el final de todo?"

Jesús le recuerda los mandamientos. Según la tradición judía son el camino de salvación. Pero pasa por alto, omite, los que se refieren a Dios
–amarás a Dios
–santificarás las fiestas.

Sólo le habla de los que piden no perjudicar a las personas:
–no matarás
–no robarás
–no defraudarás.

Al ver Jesús que el hombre ha cumplido esto desde pequeño, se lo queda mirando. Lo que le va a decir es importante. Jesús le invita a seguirle hasta el final: "Aún te falta una cosa: vende lo que tienes y da el dinero a los pobres. Después, ven y sígueme."

El mensaje de Jesús es claro. No es suficiente pensar en la propia salvación
–hay que pensar en la necesidad de los pobres
–no es suficiente preocuparse por la vida futura
–hay que preocuparse de los que lo pasan mal en la vida actual.
¿No es eso lo que nos falta a los creyentes satisfechos del primer mundo?

No se esperaba, el rico, la respuesta de Jesús.
Buscaba luz a su inquietud religiosa y Jesús le habla de los pobres.
El rico arrugó la frente y se marchó triste. Porque prefería su dinero, decidió vivir sin seguir a Jesús.

Esta es la actitud más generalizada entre los cristianos del primer mundo. Preferimos nuestro bienestar.
Intentamos ser cristianos sin seguir a Cristo, porque sus planteamientos nos sobrepasan.
Nos pone tristes porque, en el fondo, desenmascara nuestra mentira.
Preguntamos, pero no estamos bien dispuestos a hacer caso de la respuesta.
Somos unos mal comediantes.