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4º Domingo de Pascua. Ciclo C.
Barcelona, ​​17 de abril de 2016.

Se pueden hacer todo tipo de estudios.
Se pueden tantear todo tipo de diagnósticos.
Pero, lo realmente cierto, hoy, es que el mundo necesita nueva savia para vivir con autenticidad y dignidad.

Las iglesias pretenden ofrecer aliento y esperanza.
Las multitudes pobres del planeta reclaman justicia, trabajo y pan.
Occidente ya no sabe cómo salir de esta tristeza mal disimulada que ningún precario bienestar consigue ocultar o esconder.
El problema real no es solamente de cambios políticos ni de renovaciones teológicas que a la mayoría no les dicen nada. Nada de nada. El problema real es como vivir.

Necesitamos algo parecido al fuego que Jesús encendió en el breve paso por la tierra:
–su mística
–su lucidez
–su espíritu crítico
–su pasión por el hombre.

Necesitamos personas como Él.
Palabras como las suyas.
Esperanza y amor como los suyos.
Necesitamos retornar hacia Jesús.

Desde el comienzo, los cristianos creyeron y vieron que Él podía guiar a las personas.
Con su conocido lenguaje, el cuarto evangelio nos lo presenta como el pastor capaz de liberar las ovejas y conducirlas hacia un país nuevo de vida y de dignidad.
Jesús no impone nada.
Jesús no fuerza a nadie.
Llama a cada uno por su nombre propio.
Para Jesús no hay masas, hay personas.

Esto es decisivo: no hacer caso de voces extrañas. Siempre que la Iglesia ha buscado renovarse, ha iniciado un retorno hacia Jesús.
Como se ha recordado tantas veces, "sígueme" es la primera y la última palabra de Jesús a Pedro.

Volver hacia Jesús no es tarea exclusiva del Papa ni de los obispos. Todos los creyentes somos responsables de esta llamada y de este trabajo.
Para volver hacia Jesús no hay que esperra ninguna orden. Francisco de Asís no esperó a que la Iglesia de su tiempo tomara no sé qué decisiones y determinaciones.
Él mismo se convirtió al evangelio y comenzó la aventura de seguir a Jesús con verdadera autenticidad.

¿Qué esperamos nosotros para despertarnos y seguir a Jesús y su Evangelio?
Si hacemos caso de la pereza o de la cobardía lo tenemos perdido.