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Navidad 2015. Ciclo C.
Barcelona, ​​25 de diciembre de 2015.

Navidad es una fiesta que mana nostalgia.
Se canta la paz, pero no sabemos construirla.
Nos deseamos felicidad, pero cada día parece más difícil ser feliz.
Nos compramos mutuamente regalos, pero lo que más necesitamos es ternura y afecto sinceros, auténticos, creíbles.
Cantamos a un niño Dios, pero en nuestros corazones la fe se apaga.

La vida no es como la quisiéramos, pero no la sabemos hacer mejor.
La vida entera está empapada de nostalgia.

Nada llena del todo nuestros deseos.
No hay riqueza que pueda proporcionarnos la paz total.
Ni amor que responda plenamente a lo que habíamos soñado.
No hay profesión que pueda satisfacer por completo nuestras aspiraciones.
No es posible ser amado por todos.

La nostalgia puede tener efectos muy positivos:
–nos permite descubrir que nuestros deseos van más allá de lo que hoy podemos poseer o disfrutar.
–nos ayuda a mantener abierto el horizonte de nuestra existencia a realidades más grandes y más llenas de las que conocemos.
Y, al mismo tiempo, nos enseña a no pedir a la vida lo que no nos puede dar, ni a las relaciones lo que no nos pueden ofrecer.

La fiesta de Navidad vivida desde la nostalgia crea un clima diferente: durante estos días se capta mejor la necesidad del hogar y de la seguridad.
Y, si uno es creyente, la fe le invita –estos días– a descubrir este misterio no en un país extraño sino en un niño recién nacido. Así de sencillo y de increíble.

Debemos acercarnos a Dios como nos acercamos a un niño: de manera suave, sin hacer ruido y sin discursos solemnes, con palabras sencillas nacidas del corazón.
Nos encontramos con Dios cada vez que le abrimos lo mejor que hay en nosotros.

A pesar del tono frívolo y superficial que se crea en nuestra sociedad, Navidad nos puede acercar a Dios. Al menos, si tratamos de vivirlo con fe sencilla y corazón limpio. Con generosidad sincera y compartida.