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3º domingo de Cuaresma. Ciclo C.
Barcelona, ​​28 de febrero de 2016.

El tiempo de Jesús estaba muy extendida la idea, la convicción, de que las desgracias que le pasaba a la gente eran castigos de Dios.
Lo mismo si las desgracias provenían de la maldad de un político cruel –caso de Pilato– que si se producían por un hecho casual –la caída de la torre de Siloé.
Es la idea de que las personas religiosas deberían tener buena suerte mientras que a las otras –gente de mala fama– se las castiga.

Pero Dios ni castiga a unos ni premia a los demás. Los bienes y los males suceden en la vida porque la vida, las personas, la sociedad son como son. Ni a los éxitos ni a los fracasos les debemos buscar explicaciones sobrenaturales.
De hacerlo, Dios resultaría ser un caprichoso, un injusto e, incluso, esperpéntico.
Lo que Dios, de hecho, quiere es la conversión, es decir: que cambiemos de mentalidad, que mejoramos en pensamientos y en acciones.
Y, sobre todo, que damos buenos frutos.

Es lo que el dueño de la higuera esperaba y no se produjo.
No pensásemos que los oyentes de esta parábola tenían en su cabeza ideas teológicas sobre la gracia o la pastoral que ahora tienen algunas personas entendidas, o que creen que lo son.

¿Qué es lo más obvio?
Lo más obvio, claro y comprensible es que dar buen fruto significa "ser útil" o, con otras palabras, que no pasemos por la vida ocupando inútilmente un terreno como la higuera que no daba ningún fruto.

Preguntémonos:
¿Qué frutos damos, nosotros, en el día a día de nuestro vivir?