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Domingo XXVI del tiempo ordinario. Ciclo C.
Barcelona, 25 de septiembre de 2016.

El pobre Lázaro –pobre y enfermo– está allí mismo, muriéndose de hambre, junto a la puerta, pero el rico evita todo contacto y relación y sigue viviendo espléndidamente, totalmente desinteresado del sufrimiento del pobre.
¿A quién interesan los pobres?

Los pobres no interesan a nadie.
No entran en la lista de reivindicaciones de ningún grupo político o de ningún colectivo social importante.
Son los últimos de nuestra sociedad:
–los más rechazados
–los más marginados
–los insignificantes
Muchos están en las cárceles y centros penitenciarios.

Pero, nosotros, católicos de toda la vida, preferimos ignorarlos.
Muchos de ellos arrastran unas historias tristes, penosas, desgraciadas.
Muchos no han conocido ni el calor de un hogar ni la seguridad de un trabajo.
Enzarzados en la droga, el alcohol y la delincuencia, hoy se encuentran atrapados en un proceso de autodestrucción que no parece tener ninguna salida.

Es difícil olvidar sus fisonomías deterioradas por la enfermedad y el aislamiento.
Alrededor del 70% son toxicómanos y un 40% están infectados de sida.
Nadie les espera a la salida de ninguna parte.
Desarraigados. Temerosos. Privados de verdadera libertad. Sin relaciones gratificantes y sin futuro, incluso los más fuertes se hunden en la depresión y la desesperanza. Y, no pocos, terminan en el suicidio.

Pero, ¿por qué tiene que ser así?
¿Es esto lo que una sociedad progresista sabe ofrecer a estas personas sin estimulantes oportunidades ni atractivo futuro?
La Ley General Penitenciaria establece que el objetivo de las cárceles es la reeducación y la reinserción social de los sentenciados.
Pero todo el mundo sabe que la cárcel no rehabilita sino que empeora el prisionero.

Si esto es así desde hace siglos
por qué no se estudia la situación a fondo?
¿por qué la clase política no urge la Reforma penitenciaria?
La verdad es que no nos preocupa lo más mínimo el sufrimiento y la destrucción de estas personas.
Para la mayoría, estos son los malos, pues... que paguen y purguen.

El gesto inhumano del rico descrito por Jesús es su absoluta indiferencia ante el sufrimiento del pobre Lázaro, desvalido y abandonado.
Esta parábola retrata la poca o nula humanidad de esta sociedad nuestra que pretende progresar y alcanzar el máximo bienestar olvidando o pasando de largo ante el sufrimiento de los más débiles y desafortunados.

Preguntémonos:
-¿qué podemos hacer para humanizarnos?
-¿qué puedo hacer yo?
-qué puedes hacer tú?
-¿qué podemos hacer nosotros?

Hay una clave al alcance de todos.
¿Cuál es esta clave?
Saber y querer compartir.
Y, justamente eso, es lo que no se suele hacer.